Testimonio: "Gracias mamá por tanta nobleza"

Con mi madre teníamos una relación maravillosa. Con cada uno de sus actos se había ganado plenamente mi corazón. No era una mujer que necesitara de grandes discursos para demostrar su amor; lo hacía con su vida, con sus detalles, con su presencia constante y con su entrega incondicional. “Marcingo” me decía cariñosamente.

 

Creo firmemente que Dios permitió que nuestro cariño alcanzara tanta intensidad porque su partida llegaría demasiado pronto.Sin haber estado nunca enferma y sin ningún disparador visible, un coma hepático repentino se la llevó en apenas cinco días, cuando ella tenía solo 54 años y yo un poco más de 20.
 
Fue un golpe brutal, inesperado, difícil de asimilar. Vivió poco tiempo, pero hasta en eso hubo algo positivo: nunca llegó a ser una anciana, algo que no le gustaba nada. Ella me lo confiaba con sinceridad: no era por el aspecto estético, sino por el deterioro de la salud que viene con los años. “En mi vejez no quiero ser una carga para nadie”, decía con esa claridad tan propia de ella.
 
Sin embargo, los últimos meses de su vida fueron cruciales para su alma: pudo conocer y experimentar de una manera genuina y profunda la fe en Jesucristo.
Nunca olvido aquella noche, a menos de treinta días de su muerte, estando perfectamente sana, cuando me escuchó con atención mientras yo le leía, hasta las cinco de la madrugada, un libro con un título muy singular: El arrebatamiento. Hilda nos acompañaba cebándonos mates, en un ambiente de paz, como si el tiempo se hubiera detenido.
 
Aquel fue un momento sagrado, porque su corazón se abrió como nunca al mensaje de salvación. Parecía comprender con claridad que su vida no terminaba aquí, sino que una nueva y gloriosa existencia le esperaba al lado del Señor. Fue como si en aquellas horas hubiera recibido la certeza de lo que Jesús dijo en Juan 11:25-26: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?”Yo creo que, en aquel instante, mi madre lo creyó con todo su corazón.
 
Otro inconmensurable regalo del Cielo que recibió en su corta vida fue haber podido conocer a sus dos primeros nietos: Javier, de mi hermana, y nuestra Juliana. ¡Vaya si la llenó de felicidad ese obsequio! No había mayor alegría para ella que verlos reír, jugar, crecer. Se deleitaba en prepararles la comida, en contarles historias, en cantarles canciones que ella misma había inventado. En aquellos momentos se la veía plena, realizada, rebosante de amor.
 
Pero su grandeza no solo se manifestaba en los momentos felices, sino también en los momentos de dolor. Cuatro años antes de su partida falleció mi padre, con apenas 50 años. Y allí, en medio de la tristeza y la incertidumbre, pude ver a mi madre protagonizar otro de sus increíbles actos de grandeza. Durante el velatorio, mientras estábamos junto al féretro, nos tomó de la mano a mi hermana y a mí y nos pidió que le dijéramos a papá que lo perdonábamos por el adulterio que tantas lágrimas nos había traído a los tres.
 
Aquel pedido me desconcertó al principio, pero luego entendí que mi madre nos estaba enseñando la lección más importante de todas: el perdón libera. Jesús lo dejó claro en Mateo 6:14-15: “Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; más si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.”
 
Mi madre no quería vivir con rencor en su corazón. Y tampoco quería que nosotros lo hiciéramos. Aquel día comprendí que el verdadero amor es capaz de perdonar lo imperdonable.
 
Mi madre tuvo un mundo muy chiquito, sin estridencias, sin reconocimientos públicos, pero su vida fue un éxito en lo que realmente importa. Nunca acumuló riquezas materiales, nunca fue famosa, nunca salió en los periódicos, pero dejó un legado invaluable: el de la bondad, la dignidad y la fe.
 
El Sermón del Monte, en el Evangelio de Mateo, tiene un solo mensaje que bien podría sintetizarse así: “Felices los que son. No los que tienen. Porque bienaventurado es ser, no solamente tener.”
 
Creo que el mundo padece de una especie de miopía: piensa que solamente serán felices los que tengan más cosas materiales y más poder. Yo no creo que sea así. La verdadera riqueza, la que permanece, no está en lo que poseemos, sino en lo que somos. La Biblia lo expresa de manera clara en Proverbios 22:1: “De más estima es el buen nombre que las muchas riquezas, y la buena fama, más que la plata y el oro”.
 
Mi madre entendió esto sin haber leído grandes tratados filosóficos ni haber estudiado teología. Simplemente lo vivió. En el pequeño pueblo de Laguna Paiva, donde pasó la mayor parte de su vida, se ganó un buen nombre y una buena fama por ser una mujer de principios, de palabra, de valores firmes.
En el epitafio de su tumba escribí en bronce estas palabras: “Amada mamá: tienes vida eterna porque has creído en Dios.”
 
Y esa es la verdad más grande y consoladora de todas. Aunque su paso por este mundo fue breve, su impacto perdura. Aunque su pequeño mundo parecía insignificante a los ojos del mundo, su grandeza espiritual trascendió. Porque al final, no se trata de cuánto poseemos, sino de cuánto amamos y de cuánto servimos.
 
Y en eso, mi madre fue un verdadero ejemplo de éxito.
 
Por Marcelo Laffitte

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