Testimonio: ¿Se hereda el pastorado?

Hace unos días una familia amiga me sorprendió con una noticia. Durante años fueron miembros fieles y comprometidos de una congregación. Los vi servir, crecer y permanecer firmes en tiempos buenos y difíciles. Por eso me llamó la atención cuando me comentaron que habían decidido cambiar de iglesia. ¿Pasó algo? —pregunté. No, nada grave. ¿Entonces? El pastor dejó su lugar y ahora la iglesia quedó bajo la conducción de uno de sus hijos.

 

La respuesta me dejó pensando.
¿Y fue malo el cambio? —pregunté.
Entonces llegó una frase que comenzó a dar vueltas en mi cabeza durante varios días: "Con esto te respondo, Marcelo: nunca creímos que el pastorado fuera un bien hereditario".
 
Confieso que aquella expresión me obligó a reflexionar.
Vivimos en una cultura donde muchas cosas se heredan. Una casa. Un campo. Una empresa. Un apellido. Incluso algunas profesiones familiares pasan de padres a hijos durante generaciones.
Pero la pregunta es: ¿ocurre lo mismo en el Reino de Dios?
La Biblia nos enseña que los dones, los ministerios y los llamamientos provienen del Señor. Nadie se convierte en pastor porque su padre lo fue. Nadie se convierte en líder porque heredó un cargo. Nadie recibe autoridad espiritual por vínculo sanguíneo.
La autoridad espiritual nace de un llamado de Dios, confirmado por el carácter, la madurez, el servicio y el fruto.
Por supuesto, un hijo de pastor puede ser un excelente pastor. Y muchas veces lo es. Ha crecido viendo el ministerio desde adentro, conoce las luchas, ama a la iglesia y ha sido preparado durante años.
Pero la pregunta nunca debería ser: ¿De quién es hijo?
La pregunta correcta debería ser: ¿Lo llamó Dios?
Porque en el Reino los apellidos no reemplazan el llamado.
Jesús eligió pescadores, cobradores de impuestos y hombres comunes. No buscó descendientes de una determinada familia ministerial. Buscó corazones dispuestos.
El apóstol Pablo le recordó a Timoteo que avivara el don que había recibido de Dios. No le habló de una herencia familiar, sino de una vocación divina.
A veces, sin darnos cuenta, corremos el riesgo de trasladar a la iglesia criterios que funcionan muy bien en el mundo empresarial, pero que no siempre funcionan en la obra de Dios.
Una empresa puede pasar de padre a hijo.
Un ministerio pertenece a Cristo.
La iglesia no es propiedad del pastor.
La iglesia es propiedad del Señor.
Y cuando entendemos eso, también comprendemos que toda posición de liderazgo es una responsabilidad que administramos durante un tiempo, no una posesión que nos pertenece.
Quizás el verdadero desafío no sea decidir quién ocupa un púlpito cuando un pastor se retira. Quizás la pregunta más importante sea esta: ¿Estamos formando hombres y mujeres llamados por Dios o simplemente estamos preparando sucesores?
Porque el Reino de Dios nunca avanzó sostenido por parentescos.
Siempre avanzó sostenido por llamados.
 
Por Marcelo Laffitte

Suscríbete a nuestro boletín de novedades

Te vamos a comunicar lo más destacado.
Solo una vez por semana te enviaremos notas seleccionadas de nuestra web.