Hace unos días una familia amiga me sorprendió con una noticia. Durante años fueron miembros fieles y comprometidos de una congregación. Los vi servir, crecer y permanecer firmes en tiempos buenos y difíciles. Por eso me llamó la atención cuando me comentaron que habían decidido cambiar de iglesia. ¿Pasó algo? —pregunté. No, nada grave. ¿Entonces? El pastor dejó su lugar y ahora la iglesia quedó bajo la conducción de uno de sus hijos.