Testimonio: Dios mira el corazón, no las apariencias

Una mañana fui a tomar un café en uno de esos bares típicos de Buenos Aires con mesas cuadradas de madera y un mozo con aspecto de "gallego". Cerca de mí había un señor mayor con un muchacho de unos 30 años con Síndrome de Down.

Lo miré y el joven me saludó esbozando una sonrisa. Yo le devolví la gentileza con un "¡Hola!". Él se levantó y vino a darme la mano. "Soy Santiago", se presentó, "¿Sos de Boca?", me preguntó sin más prólogo.

Al rato se fue solo saludándome de nuevo con la mano mientras, como para conectarme, me soltó: "Él es mi papá". "¿Son chicos puros, no?" La pregunta alcanzó para que el padre viniera a sentarse conmigo y contarme algunas cosas que me impactaron.

"Tengo tres hijas más que lo adoran, pero con mi esposa no podríamos vivir sin Santiago. Es un ser de una transparencia, de una ternura y de una bondad que no se pueden explicar con palabrasA él le hemos dedicado mucho tiempo y hoy es un muchacho independiente, que vive solo, trabaja de camarero en un restaurante, pinta y vende cerámicos, practica deportes y algo sumamente grato: está muy enamorado de Lucrecia, su novia de hace 8 años, con su mismo síndrome", contó.

"Aunque se ha avanzado mucho", siguió diciendo, "todavía hay gente que los subestima o que piensa que es toda una tragedia tener un hijo como Santiago" ¡Qué error!

Me quedé pensando: qué diferente sería el mundo si solamente nos devolvieran una sonrisa cada vez que miramos a una persona. A mi eso que hizo Santiago me alegró la mañana.

Lástima que la gente "normal" no hace esas cosas. Lo natural es poner caras de enojados. "Algunos, sin saberlo, están hospedando ángeles" ( Paráfrasis de Hebreos 13:2).

Por Marcelo Laffitte

Suscríbete a nuestro boletín de novedades

Te vamos a comunicar lo más destacado.
Solo una vez por semana te enviaremos notas seleccionadas de nuestra web.