Testimonio: "el día que aprendí a decir no"

Conozco creyentes extraordinarios. Generosos, serviciales, siempre dispuestos a ayudar. Personas que rara vez rechazan un pedido. Si alguien necesita algo, allí están. Si hay una tarea pendiente, se ofrecen. Si alguien les pide un favor, hacen lo imposible para cumplirlo.

 

El problema es que muchos de ellos viven agotados, sobrecargados y, en algunos casos, resentidos. Porque han aprendido a decir sí a todo, pero nunca aprendieron a decir no.
Existe la idea de que cuanto más espiritual es una persona, más disponible debe estar para todos. Pero la realidad demuestra otra cosa. Decir siempre que sí no necesariamente es una señal de madurez espiritual. A veces es una señal de inseguridad, de necesidad de aprobación o simplemente de temor a decepcionar a los demás.
 
Jesús ayudó a multitudes, pero no atendió todas las demandas. No aceptó todas las invitaciones ni permitió que otros definieran permanentemente su agenda. Tenía compasión, pero también tenía prioridades.
Hubo una etapa de mi vida que recuerdo con enorme gratitud. Fueron los años en que trabajé junto a Luis Palau. Disfrutaba de su cercanía, de su sabiduría, de los desafíos de cada cruzada y de los viajes constantes que aquella tarea requería. Era un trabajo apasionante y muy pocos habrían renunciado a él.
 
Sin embargo, un día regresé de uno de esos viajes y encontré a Hilda y a mis hijas esperándome en Ezeiza. De pronto Juliana rompió a llorar desconsoladamente. Hilda intentó consolarla: “¿Por qué lloras si papá está llegando?”
Y ella respondió: “Porque mañana se va de nuevo”.
Aquella frase me atravesó el corazón. Ese mismo día Hilda me confesó algo que nunca me había dicho con tanta claridad: ellas sufrían mucho mis ausencias. Comprendí entonces que estaba disfrutando de un ministerio maravilloso, pero quienes más me amaban estaban pagando un precio demasiado alto.
Esa misma semana presenté mi renuncia al ministerio de Luis Palau.
 
No me alejaba de algo malo. Me despedía de algo muy bueno para atender algo mejor.
Y allí aprendí una lección que nunca olvidé: decir "no" también puede ser una forma de obediencia.
No todos los sí son obediencia, ni todos los no son rebeldía.
Con los años descubrí otra realidad. Durante mucho tiempo me costó rechazar invitaciones, reuniones y congresos. En parte porque dirigía el Periódico El Puente y sentía que mi presencia era necesaria en muchos de los encuentros más importantes del ámbito evangélico.
Pero con el tiempo comprendí que no todo lo importante es igualmente importante. Aceptar cada invitación puede hacernos sentir útiles, pero también puede alejarnos de aquello que Dios realmente nos encomendó. Cuando uno dice sí a demasiadas cosas, corre el riesgo de no hacer bien ninguna.
Hay personas que viven diciendo sí a los demás mientras les dicen no a su familia, no a su salud, no a su descanso y, a veces, hasta no a Dios.
 
La solución no es transformarnos en personas indiferentes que nunca ayudan a nadie. El Evangelio nos llama a servir, a amar y a ser generosos. Pero también nos llama a actuar con sabiduría.
Eclesiastés nos recuerda que hay tiempo para todo. También hay un tiempo para decir sí y un tiempo para decir no.
Decir no a una invitación puede significar decir sí a la familia. Decir no a una actividad más puede significar decir sí a la salud. Decir no a un compromiso innecesario puede significar decir sí a una responsabilidad que Dios realmente nos asignó.
Hay creyentes que creen que cargar todas las mochilas es una señal de amor. Pero Dios nunca nos pidió llevar todas las cargas del mundo. Nos pidió llevar aquellas que Él nos encomendó.
Quizás una de las formas menos conocidas de la sabiduría cristiana sea aprender a decir sí sin culpa cuando corresponde y decir no sin culpa cuando también corresponde.
Porque quien no sabe decir no a nada termina diciendo sí a demasiadas cosas y, muchas veces, a las equivocadas.
 
Por Marcelo Laffitte

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