Valoremos la forma de vivir y no tanto la oratoria

Cada vez que me dirijo a ustedes, ya sea de forma oral o escrita, procuro ser absolutamente realista. No comparto la postura de algunos predicadores o maestros que, con la intención de animar a su audiencia o de "ayudar a Dios", presentan un evangelio triunfalista e irreal: "Te convertirás en un campeón"; "Ganarás multitudes"; "Conquistarás naciones".

 

En las librerías, títulos de este estilo conforman la mayoría del stock ¡y son los más vendidos! ¿Y saben una cosa? El 90 por ciento de estos libros no fomentan un crecimiento genuino. Solo producen un estallido de emoción que se apaga rápidamente.
 
Realmente es triste ver cómo las multitudes consumen este tipo de engaños.
 
Pablo ya lo advertía: "Va a llegar el tiempo en que la gente no soportará la sana enseñanza; más bien, según sus propios caprichos, se buscarán maestros que solo les enseñen lo que ellos quieran oír. Darán la espalda a la verdad y harán caso a toda clase de cuentos" (2 Timoteo 4:3-4, DHH).
 
Se está imponiendo un mecanismo donde el que predica debe traer un mensaje novedoso para ser invitado al próximo congreso. Lo que apena es ver a la gente ir detrás de los que HABLAN BIEN, cuando lo correcto sería valorar a los que VIVEN BIEN.
 
Pablo, con la humildad que lo caracterizaba, decía: "Yo no quiero ponerle adornos de sabiduría humana al Evangelio". Es que Pablo no deseaba que la gente elogiara su oratoria, sino que exaltara a Cristo.
 
 
Para concluir, aunque habría mucho más que decir al respecto, observo otro movimiento en marcha que me llena de entusiasmo: el Espíritu Santo se está moviendo. Pero no para presentar algo novedoso o desconocido, sino para volver a la pureza de la Palabra.
 
Y cuando volvemos a la esencia de la Biblia es cuando nos renovamos de verdad.
 
Por Marcelo Laffitte

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