La historia del joven que ofreció sus cinco panes y dos peces a Jesús es mucho más que un relato pintoresco. Es una sobrenatural demostración del poder divino y de la fe sencilla que mueve montañas.
Pensemos por un momento en ese muchachito. ¿Qué lo llevó a entregar su escasa provisión? Desde una perspectiva humana, ofrecer tan poco para alimentar a más de cinco mil personas parecía absurdo, hasta ridículo. Sin embargo, él creyó que en las manos de Jesús, lo poco podía convertirse en mucho.
Y así fue. Jesús tomó esos modestos alimentos, los bendijo, los multiplicó y sació el hambre de una multitud. No solo comieron todos hasta quedar satisfechos, sino que incluso sobró (Juan 6:1-13).
Piensa en esta pregunta: ¿Qué colocamos en las manos de Dios?
Este milagro nos deja una enseñanza profunda para nuestra vida cotidiana. Cuando nos acercamos a Dios, ¿qué le entregamos? ¿Ponemos en sus manos lo poco que tenemos o lo mucho que nos falta?
Si somos sinceros, la mayoría de las veces llevamos a Jesús nuestras preocupaciones, temores, enfermedades, fracasos y pérdidas. Y aunque es bueno descansar en Él (Mateo 11:28), también deberíamos aprender del joven del relato bíblico: además de nuestras cargas, coloquemos también nuestras esperanzas, talentos, sueños y proyectos, por pequeños que parezcan.
Mi consejo es: coloca en sus manos lo que tienes
Tal vez anhelas servir a Dios, pero sientes que careces de talento, recursos o habilidades. Sin embargo, lo que Él necesita de ti no es PERFECCIÓN, sino DISPOSICIÓN. Pon en sus manos lo único que tienes: tu voluntad y esfuerzo, y confía en que Él hará lo imposible.
Así como Jesús multiplicó los panes y los peces, Dios puede tomar lo poco que ofreces y transformarlo en algo grande. "Dios escoge lo necio del mundo para avergonzar a los sabios, y lo débil del mundo para avergonzar a lo fuerte".
No se trata de cuánto tienes, sino de en qué manos lo colocas. Y si lo pones en manos de Jesús, puedes estar seguro de que cosecharás en abundancia.
Recuerda esta realidad: solo se necesita fe.
El joven del relato creyó sin dudar. No preguntó cómo haría Jesús el milagro,