No alcanza con ser buenas personas

Tenemos que pedirle a Dios, de manera insistente, poder entender plenamente lo que dice la Biblia en Romanos 12:2: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”. Este versículo contiene un mandato divino que es clave para nuestra vida espiritual: la RENOVACIÓN de nuestra forma de pensar. Este llamado no es un simple consejo, sino una orden que apunta a transformar nuestras estructuras mentales.

 

Muy bien, pero ¿Cómo se concreta algo tan importante?
Para renovarnos, necesitamos desechar las viejas estructuras mentales heredadas de nuestras tradiciones y nuestra vieja religiosidad. Estas estructuras suelen estar impregnadas de preconceptos y prejuicios (Posturas viejas y equivocadas) que no permiten que la verdad de Dios fluya plenamente en nuestras vidas.
En su lugar, debemos adoptar los principios y los argumentos de Dios, los cuales siempre tienen el poder de revolucionar nuestra existencia. Para lograr esto, obviamente, debemos convertirnos en lectores disciplinados de la Palabra.
 
Jesús ilustró esta realidad de manera magistral cuando dijo: “Nadie pone vino nuevo en odres viejos; de otra manera, el vino nuevo rompe los odres, y el vino se derrama, y los odres se pierden; pero el vino nuevo en odres nuevos se ha de echar” (Marcos 2:22). Esta imagen nos recuerda que para que las ideas frescas y transformadoras de Dios encuentren espacio en nuestras vidas, nuestras mentes deben estar libres de la rigidez de lo viejo.
Uno de los conceptos que más debemos erradicar de una mente no renovada es la falsa idea de que basta con ser “buenas personas” para marcar una diferencia significativa en el mundo.
 
Claro que es importante ser buenos, pero Dios nos llama a mucho más que eso. Como dice Santiago 2:26: “Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta”.
 
Si deseamos impactar verdaderamente en la sociedad y mostrarle al mundo el poder transformador de Dios, no podemos conformarnos con ser creyentes pasivos que cumplen rutinas religiosas. Necesitamos ser una iglesia activa y comprometida, que salga de sus cuatro paredes para llevar luz al mundo. Debemos ser agentes de cambio que, con fe y acción, produzcan transformaciones visibles en su entorno.
 Dios busca personas apasionadas, productivas y visionarias. Personas que no se limiten a decir: “Algún día lo haré”, sino que pongan fechas a sus sueños y trabajen diligentemente para alcanzarlos.
 Como nos enseña Proverbios 16:3: “Encomienda a Jehová tus obras, y tus pensamientos serán afirmados”. Esto implica convertir nuestras metas en desvelos, en nuestro máximo ideal, en la causa central de nuestras vidas.
 
Dios honra a quienes tienen la audacia de soñar en grande y poseen la determinación de actuar en consecuencia.
 
En lo personal, a ese nivel me encantaría llegar. Mi oración constante es que Dios renueve mi mente cada día, que remueva todo obstáculo interno que me impida ser usado en mi máximo potencial y que me permita ser un instrumento eficaz en sus manos. Que mis sueños sean conformes a su corazón y que mis acciones reflejen la excelencia que Él merece.
 
Renovar nuestra mente es un proceso continuo que requiere disciplina espiritual, apertura al cambio y plena dependencia de Dios.
 
Cuando logramos este nivel de transformación, somos capaces de comprobar y entender “la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”. Y eso, sin lugar a duda, es el mayor regalo que podemos recibir.
 
Por Marcelo Laffitte

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