Testimonio: "un año atrás mi esposa luchaba por su vida y Dios hizo un milagro"

Hay momentos en la vida que uno jamás podrá olvidar. Momentos que nos marcan para siempre, que nos ponen de rodillas y nos enseñan que, cuando nuestras fuerzas se terminan, el poder de Dios sigue siendo infinito. Hace exactamente un año, por estas horas, estaba viviendo la noche más difícil de mi vida.

 

Después de tantos años de buscar y soñar con formar nuestra familia, Dios nos había bendecido primero con nuestro amado Marcelo y luego con la llegada de nuestros hermosos mellizos, Isaías y Nehemías. Nuestra felicidad era inmensa. Sentíamos que estábamos viviendo uno de los momentos más hermosos de nuestras vidas.
Pero apenas una semana después del nacimiento de los mellis, todo cambió.
 
Una gravísima complicación posoperatoria puso en riesgo la vida de mi esposa. Una hemorragia interna había provocado daños y complicaciones que comprometían seriamente su salud. De repente, toda aquella felicidad se convirtió en angustia, desesperación y miedo. Recuerdo estar afuera de un quirófano, esperando noticias, mientras los médicos luchaban por salvarle la vida. Después de aquella operación, Romi pasó directamente a terapia intensiva, sedada e intubada.
 
Y entonces llegaron palabras que jamás voy a olvidar. Los médicos nos hablaron de posibles daños cerebrales, de sus riñones que no estaban funcionando correctamente, de órganos comprometidos y de un pronóstico extremadamente delicado. No sé si recuerdo todos los detalles. Y sinceramente, hay cosas que quizás mi corazón todavía no quiere recordar. Lo que sí recuerdo es aquella noche. La angustia de pensar que mis tres hijos podían quedarse sin su mamá. El miedo de perder a la mujer con la que había construido mi vida, mis sueños y mi familia.
 
Y recuerdo, sobre todas las cosas, que cuando sentí que ya no podía hacer absolutamente nada, me aferré a Dios.
Clamé como nunca antes
Y Dios me escuchó.
Después de días de incertidumbre, Romi despertó. Y lo que parecía imposible comenzó a suceder. había clamado. Le pedí a Jesús que salvara a mi esposa, que me permitiera volver a casa con ella, que nuestros hijos pudieran crecer abrazados a su mamá.
Su cerebro estaba bien. Sus riñones comenzaron a recuperarse. Sus órganos respondían favorablemente. Poco a poco, aquella situación que parecía no tener salida comenzó a transformarse.
 
¡Dios estaba haciendo un milagro delante de nuestros ojos!
No fue un camino fácil. Romi tuvo que atravesar tres operaciones en apenas tres semanas, dolores, tratamientos, terapia intensiva y una recuperación muy difícil. Fueron semanas lejos de nuestra casa, lejos de nuestros hijos. Marcelo, con apenas dos añitos, y nuestros mellizos recién nacidos, que todavía necesitaban tanto de su mamá.Gracias a Dios tuvimos una familia maravillosa que los cuidó, los abrazó y estuvo presente en cada momento.
Yo dejé absolutamente todo para estar al lado de Romi. No había trabajo, compromiso ni preocupación más importante que acompañarla, tomar su mano y seguir orando por su vida.
Quiero agradecer de corazón a los médicos, enfermeros y a todo el personal del Sanatorio Alberdi, que la atendieron durante aquellos días tan difíciles. También al Gobierno de la Provincia de Santiago del Estero, que ante la gravedad de la situación nos ayudó con un vuelo sanitario para trasladarla a Buenos Aires, donde pudo continuar su tratamiento y recuperación.
Y gracias a cada familiar, amigo, hermano de la iglesia y persona que nos acompañó con una oración, una palabra o un gesto de cariño.
Casi un mes después, regresamos a nuestra casa.
Volvimos a estar juntos los cinco. Con Romi viva, recuperándose, con nuestros hijos esperando a su mamá y con nuestros corazones llenos de una gratitud que no puedo explicar con palabras.
Hoy, un año después, miro a mi esposa, miro a nuestros tres hijos y no puedo hacer otra cosa que darle gracias a Dios.
Y si hoy decido contar todo esto, no es para revivir el dolor ni para que conozcan los detalles de lo que atravesamos.
Lo cuento porque quiero que todos sepan lo que Dios puede hacer.
Porque cuando la medicina nos advertía de las peores consecuencias, cuando el miedo parecía ganarnos, cuando sentía que el mundo se me venía abajo, hubo alguien que nunca nos abandonó: Jesús.
 
Dios obró en mi esposa, sostuvo a nuestra familia, nos dio fuerzas cuando ya no las teníamos y nos permitió volver a abrazarnos los cinco.
Hoy nuestra familia es un testimonio vivo de su amor y de su misericordia.
No puedo decir que entiendo todos los caminos de Dios, ni por qué a veces tenemos que atravesar pruebas tan difíciles. Pero sí puedo decir que en medio de aquella oscuridad encontré su presencia, su consuelo y una paz que no podía encontrar en ningún otro lugar.
Y si estas palabras llegan a alguien que hoy está sufriendo, que está esperando un diagnóstico, que está atravesando una enfermedad o que siente que ya no tiene fuerzas, quiero decirle algo desde lo más profundo de mi corazón: NO DEJES DE BUSCAR A DIOS. NO DEJES DE ORAR. NO PIERDAS LA FE.
 
Quizás la respuesta no llegue cuando nosotros queremos, quizás el camino sea más difícil de lo que imaginamos, pero nunca dudes de que Dios te escucha, te ama y puede sostenerte aun en los momentos más oscuros.
Hace un año le rogaba a Dios que no me quitara a mi esposa. Hoy puedo abrazarla, verla sonreír, verla disfrutar de nuestros hijos y darle gracias a Jesús por el regalo de tenerla a nuestro lado.
Romi, mi amor, sos una mujer inmensamente fuerte. Si aquella prueba nos enseñó algo, es que no existe riqueza más grande que la vida, la familia y la presencia de Dios en nuestro hogar. 
Aquel día le pedí a Dios un milagro. Hoy, un año después, ese milagro duerme a mi lado y abraza a nuestros tres hijos.
¡TODA LA GLORIA, TODA LA HONRA Y TODA MI GRATITUD SEAN PARA VOS, SEÑOR JESÚS!
Porque lo que para nosotros parecía imposible, para Dios fue posible.
Dios los bendiga.
 
Publicación de David Pato

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