Un día, mi tío me comentó que había conocido a Agustina, una joven que en su casa hacía reuniones para todos los chicos del barrio. Él me alentó a ir, y me gustó la idea. Así que con unas amiguitas de la escuela, que también tenían un conocimiento de la Hora Feliz, fuimos y realmente fue maravilloso.Ese espacio para mí fue algo necesario. En las reuniones reíamos con los chicos, jugábamos y nos contenían. Agustina en ese momento para mí representó algo muy importante. El Señor la utilizó mucho en mi vida, porque ella me brindaba su amor y su cariño. Aunque estaba recién convertida, era un reflejo del amor de Dios, tenía una frescura única en su servicio hacia él y amaba a los niños. Esto se veía evidenciado en cada detalle de lo que ella hacía, en cada sábado que abría su casa. Yo toda la semana esperaba la hora de estar ahí en esas reuniones, de compartir con los chicos.
El lugar era humilde, porque era un living-comedor que ella acomodaba junto con su padrastro, quien la ayudaba armando los bancos, acomodando todo. Nosotros, todos los chicos del barrio, esperábamos ese momento e íbamos con entusiasmo. Y todos los que asistíamos teníamos distintas problemáticas: padres que no se ocupaban de los hijos, problemas económicos, entre otros.
Era un sitio difícil para tratar con los niños, pero a Agustina no le importaba. Ella abría su casa y estábamos en esas reuniones que nos hacían tanto, tanto bien.
Llegué a atesorar esos sábados, a esperar con ansias esos días. A veces la semana era dura, era difícil con la violencia de mi papá y de mi mamá, y a veces no tener dinero para la comida, o ver que había muchas problemáticas. Por eso el sábado para mí era muy esperado. Esas dos horas que compartíamos para jugar, reír y escuchar la Palabra de Dios me ayudaban a olvidar mi triste realidad.
Hasta que un día fue muy distinto a los otros sábados, fue algo especial. Dios tenía preparado ese día para mí. Después de haber jugado y comido algo, porque eso también se nos brindaba, Agustina nos dijo: “Hoy tenemos un invitado especial. No les voy a leer yo la Palabra, sino que lo hará este invitado”. No me acuerdo de cómo se llamaba ese evangelista. Además, nos contó: “Viene de Chile a traerles a ustedes un mensaje”. Todos los chicos estábamos quietitos y esperando escuchar lo que ese hombre tenía para decirnos.
Me acuerdo que escuché atentamente la Palabra de Dios y algo empezó en mi vida. El Espíritu Santo comenzó a tocar mi corazón de una manera extraordinaria. Ahora, luego del transcurso de todos estos años, puedo cerrar mis ojos y ver a esa niña sentada ahí, en ese banquito de madera, escuchando al evangelista. Cada palabra que hablaba venía directamente a mi corazón. Lo único que recuerdo de ese mensaje, que habrá sido muy lindo en ese momento, es lo que la Palabra de Dios decía con respecto a la familia.
Por eso, amo la Palabra de Dios y creo en ella, creo que tiene poder. Como dice en las Escrituras, es una espada de doble filo que penetra hasta lo más profundo del ser humano. Yo creo que tenía tan solo once añitos, pero aun así, esa palabra penetró e invadió mi vida. Luego el Espíritu Santo me transformó, me dio el toque que yo necesitaba en ese momento.
Recuerdo que el evangelista dijo: “Dios tiene poder para cambiar cualquier situación”
Impactante testimonio de lo que Dios puede hacer en nuestras vidas, tu también puedes escribir tu historia y testimonio para impactar a muchos.
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Sonia A. Miranda
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