Testimonio: La felicidad está en lo simple

Siempre doy gracias a Dios por permitirme nacer y pasar mis primeros 18 años en el tierno y acogedor pueblo de Laguna Paiva, en Santa fe. Allí, en la humildad y la sencillez, me forjé como un muchacho de alma libre y corazón agradecido; un muchacho que aprendió a valorar esas alegrías verdaderas que no se compran, pues lo mejor de la vida es un regalo gratuito.

En las calles de tierra y bajo el cielo abierto, aprendí a disfrutar de las simples maravillas: la rayuela jugada en la plaza, la pelota de trapo que nos hacía soñar, el deleite de perseguir pajaritos, las escapadas a la laguna, el vuelo del barrilete que acariciaba el viento y la dulce inocencia de compartir la leche en casa de un amigo…que siempre era más rica que la de casa.

Hoy, por causa de esa simpleza y esa sencillez que supe atesorar de niño, -y básicamente por haber conocido a Cristo- mi corazón puede rebosar de gratitud por cosas muy pequeñas, por cada bendición cotidiana: la emoción de recoger a mi nieta al salir de la escuela, el reconfortante mate a las cinco de la tarde en compañía de Hilda, la dicha de caminar para abrazar a mis tres hijas en sus hogares, tan cercanos al nuestro. No puedo dejar de agradecer también la compañía de mis tres queridos yernos, verdaderos compañeros de vida que enriquecen nuestra familia. Por eso hago mías las palabras de 1 Tesalonicenses 5:18: “Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús.”

Encontrar paz al regresar a casa, quitarme los zapatos, acomodarme en mi sillón con un buen libro en la mano, sin las sombras de la envidia, sin codicia ni complicaciones innecesarias, es para mí el mayor de los tesoros.

He aprendido que, aunque es fácil complicar la vida, mantenerla simple requiere sabiduría y fe. Tal como nos exhorta Mateo 6:33: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.”


Con Cristo como mi guía, tengo la firme certeza de que nunca conoceré la verdadera pobreza, pues en Él encuentro una riqueza espiritual infinita. Cada día renuevo mi gratitud a Dios, celebrando la belleza de lo simple y la autenticidad de cada momento vivido.

Mi fe es el ancla que me sostiene, la luz que ilumina mi camino y el refugio donde siempre encuentro paz. Como repito siempre: “Haber conocido a Cristo fue el mejor “negocio” que hice en mi vida”.

Por Marcelo Laffitte

Suscríbete a nuestro boletín de novedades

Te vamos a comunicar lo más destacado.
Solo una vez por semana te enviaremos notas seleccionadas de nuestra web.