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Testimonio: la restitución II

Comienzo diciendo algo importante: no solo los objetos o el dinero deben restituirse; también el honor. Recuerdo el caso de un hermano que había criticado y descalificado a otro, de nombre Francisco, en una importante reunión de líderes. Francisco se enteró y fue rápidamente a hablar con quién lo había calumniado, para demostrarle que todo lo que había dicho no era verdad. Fue muy sabio y valiente aquel hermano que había criticado, pues aclaró en otra reunión, frente a esos mismos líderes, que todo lo que había dicho en contra de Francisco, era falso.

 

Esa fue una actitud correcta: comprobó su error, admitió que había criticado con ligereza, pidió perdón al agraviado y luego restituyó su honor delante de la asamblea.
 
En otra ocasión, un hermano le comentó a un promotor del periódico El Puente: “Laffitte vende las notas” (refiriéndose a que escribíamos artículos o reportajes para quienes colocaban un aviso publicitario a cambio). Cuando el promotor me lo comentó, no dudé un segundo y lo invité a tomar un café en mi oficina, dándole la oportunidad de restituir el honor. Pero no vino. Igualmente, no le guardo rencor, y he dado vuelta la página. Es más, creo que es una buena persona. Sin embargo, sí sabe que ha mentido y ha intentado dañar mi honor con su comentario, es él quien tiene que preocuparse de reparar el daño, para no cortar la bendición de Dios sobre su vida.
 
El diccionario Larousse define la palabra restituir como “devolver una cosa a quien la tenía antes” o “restablecer y restaurar algo a su estado anterior”.
 
Termino con otra historia real que me impactó.
 
Un joven que, antes de conocer a Cristo, había sido quinielero clandestino (vendedor de apuestas no oficiales). Trabajaba para una mujer capitalista que lo apreciaba y le tenía mucha confianza, Pero él la utilizaba para engañarla una y otra vez adulterando números y quedándose con el dinero de los premios. Cuando este muchacho tuvo un encuentro genuino con Cristo, se sintió impulsado a hablar con aquella mujer, confesarle que la había traicionado en múltiples ocasiones y declararse dispuesto a devolverle todo el dinero. Así lo hizo: varias veces debió entregarle casi todo su salario del ferrocarril a la mujer engañada, quien vivió aquella situación entre agradecida y asombrada. ¿Cuál fue el resultado después de esta actitud? Este joven se sintió totalmente libre de su carga, Dios le restauró su honor y su comunión, y aquella mujer quedó profundamente impactada por el poder transformador del Evangelio. Cuando ella le preguntó al muchacho por qué le devolvió esa enorme cantidad de dinero, él respondió simplemente: “He conocido a Cristo”.
 
“Entonces Zaqueo, puesto de pie, dijo al Señor: ‘He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadriplicado’”. Lucas 19:8
 
Por Marcelo Laffitte
 

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