Cuando el dolor te lo causa tu propia familia o amigos

Resulta profundamente doloroso descubrir que aquellas personas a quienes hemos ayudado con amor y generosidad, muchas veces nos abofetean con el desprecio, la indiferencia o la traición.

 

Duele el alma cuando quienes más amamos se convierten en nuestros más duros críticos, o incluso en nuestros oponentes.
 
No hay herida más aguda que la provocada por los de nuestra propia casa. Que por el solo hecho de abrazar la fe seamos rechazados, cuestionados o marginados por familiares y amigos puede resultar incomprensible. “Y los enemigos del hombre serán los de su casa” (Mateo 10:36).
 
Nos duele profundamente -y no podemos entenderlo- que quienes compartieron nuestra vida antes de conocer a Cristo, al ver que ya no celebramos el pecado ni vivimos como antes, nos den la espalda. Pero no estamos solos en este dolor. Cristo lo vivió antes que nosotros, y en una medida mucho mayor.
 
Él vino a los suyos… y los suyos no le recibieron (Juan 1:11). Fue despreciado, ignorado, traicionado por un amigo, abandonado por sus discípulos, juzgado injustamente y entregado por su propia nación: es decir, por los líderes religiosos y el pueblo de Israel, que prefirieron soltar a un criminal antes que a Él (Mateo 27:20-22). Fue escupido, humillado, azotado… y finalmente crucificado. “Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto” (Isaías 53:3).
 
En la cruz, quedó completamente solo. “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46). Aun así, no dejó de amar. Aun así, perdonó. Aun así, cumplió el propósito.
 
Desde aquel día, millones le seguimos y le creemos. Y también sufrimos con Él. “A vosotros os es concedido a causa de Cristo, no solo que creáis en Él, sino también que padezcáis por Él” (Filipenses 1:29). Y en ese sufrimiento, incomprensiblemente, hay gozo. Hay consuelo. Hay victoria. “Si sufrimos, también reinaremos con Él” (2 Timoteo 2:12).
 
“No os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese… sino gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo” (1 Pedro 4:12-13).
 
Sufrimos… pero no como derrotados, sino como vencedores.
 
Porque Él también sufrió.
 
Porque Él está con nosotros.
 
Y porque en Él… siempre triunfamos.
 
Sellemos esto con una oración final: “Señor Jesús, gracias porque conoces el dolor del rechazo, de la traición y de la soledad. Gracias porque no solo nos comprendes, sino que caminas con nosotros en cada sufrimiento. Ayúdanos a mantenernos firmes cuando seamos incomprendidos o despreciados por causa de tu nombre. Danos la gracia de perdonar, de amar y de seguir adelante sabiendo que en ti todo tiene sentido, incluso el dolor. Amén”.
 
 
 
Por Marcelo Laffitte

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