La iglesia debe ser un lugar de serenidad y amor

Cuando era director del Periódico El Puente, mantenía muchas entrevistas y asistía a numerosos eventos. Y recuerdo que lo que me producía un enorme placer era llegar a casa, al atardecer, quitarme la corbata, sacarme los zapatos y sentarme a tomar unos mates con Hilda, mi esposa.

 

Pero lo que más me gustaba era que, en ese refugio, nadie usaba caretas, ni andaba con fingimientos. Allí podía ser yo mismo, sin apariencias, sin exigencias externas.Así tienen que ser nuestras iglesias. Un espacio de sinceridad y cariño.
 
Cuidemos nuestras congregaciones para que sigan siendo eso: un hogar para todos los hijos de Dios, un lugar donde podamos abrazarnos sin vergüenza, donde los que están tristes puedan llorar con libertad, donde podamos mostrarnos tal cual somos, sin falsas posturas ni simulaciones.
 
La gran mayoría de los que nos congregamos en una iglesia llegamos un día con heridas en el alma, lastimados, desvalorizados, algunos con pérdidas de seres amados, y solo añoramos un abrazo, comprensión, una sonrisa. Lo último que necesitamos es ser marginados, recibir críticas o malas caras.
 
Jesús nos mostró el ejemplo perfecto: Él no rechazaba a los quebrantados, sino que los acogía con amor. Como dice la Escritura:
 
"El Señor está cerca de los quebrantados de corazón, y salva a los contritos de espíritu." (Salmo 34:18).
 
"Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo." (Gálatas 6:2). Este versículo nos recuerda que la iglesia debe ser un lugar de apoyo mutuo, no de juicio ni apariencias.
 
 ¿De qué sirve una iglesia que se parece más a un lugar sagrado nacional que a un nido donde cobijarnos? ¿Qué valor tienen las alfombras, las cortinas y los dorados si no hay empatía y solidaridad? Recordemos que el Señor no mira lo externo, sino el corazón: "Porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón." (1 Samuel 16:7).
 
Una iglesia sin amor y autenticidad se convierte en un cascarón vacío. Jesús mismo nos enseñó a ser una comunidad viva, donde las cargas se comparten y el amor se practica de manera visible. La Palabra lo dice muy claro:
"En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os amáis unos a otros." (Juan 13:35).
 
Hagamos de nuestras congregaciones un reflejo del corazón de Dios: un lugar donde las almas heridas encuentren sanidad, donde los que llegan con cargas pesadas encuentren descanso, y donde cada hermano pueda experimentar el amor genuino y la gracia de Cristo.
 
Porque más que edificios hermosos, más que iglesias numerosas, Dios quiere una familia unida en amor, fe y verdad.
 
Por Marcelo Laffitte

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