Hay personas que se levantan, desayunan, trabajan, hacen compras, pagan cuentas, atienden problemas, miran televisión, cenan y se van a dormir. Al día siguiente hacen más o menos lo mismo. Y al otro también.
No necesariamente son personas infelices. Pueden tener familia, amigos, una buena situación económica, vacaciones y entretenimientos. El problema es otro: no saben muy bien para qué viven. Una cosa es tener ocupaciones y otra muy distinta tener propósito.
Las ocupaciones llenan nuestra agenda; el propósito llena nuestra vida. Cuando falta, el día a día puede convertirse lentamente en una sucesión de cosas que hacemos porque hay que hacerlas. Y así pasan los días, los meses y finalmente los años, hasta que alguna vez aparece una pregunta incómoda: ¿Esto era todo?
Yo conozco bastante bien esa sensación. Cuando me casé llegué a tener todo lo que suponía que necesitaba para ser feliz: una mujer bella por dentro y por fuera, una hija sanita, el trabajo de periodista que había soñado, una casa propia y un muy buen pasar económico. Mirado desde afuera, no tenía motivos para quejarme.
Sin embargo, muchas noches me hacía una pregunta que no lograba responder: “¿Qué me pasa que no soy feliz? ¿Qué más necesito? ¿Esto es todo lo que coseché? Con el tiempo entendí que no me faltaban cosas. Me faltaba propósito. Creo que una de las necesidades más profundas del ser humano es saber que su paso por este mundo sirve para algo. Necesitamos sentir que nuestra existencia tiene dirección, que podemos dejar algo detrás de nosotros y que alguien puede estar mejor porque nosotros estuvimos aquí.
Y tener propósito no significa necesariamente realizar algo extraordinario. Una madre que forma a sus hijos, un maestro que deja una enseñanza, alguien que acompaña al que está solo o utiliza lo que sabe para ayudar a otro está haciendo algo trascendente. El propósito convierte una vida común en una vida significativa.
Años después ocurrió en mi vida algo decisivo. Entre los muchos saldos positivos que me dejó aceptar a Jesucristo, hubo uno que aprendí a valorar especialmente: Cristo le dio propósito a mi vida.
Descubrí que no estaba en este mundo simplemente para trabajar, ganar dinero, formar una familia, disfrutar lo posible, envejecer y morir. Había algo más.
La Biblia dice: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras” (Efesios 2:10). Y Jesús agregó: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras...”(Mateo 5:16).
¿Cuál es entonces el propósito de un hijo de Dios? Conocer a Dios, parecernos cada día un poco más a Cristo y utilizar la vida que recibimos para hacer bien a los demás. Eso puede ocurrir desde un púlpito, pero también en una oficina, una cocina, un hospital, un comercio o tomando un café con alguien que necesita ser escuchado. No todos tenemos la misma tarea, pero todos podemos vivir con un mismo propósito: amar a Dios y procurar que nuestro paso por este mundo deje un poco de bien detrás de nosotros.
Hoy entiendo mejor aquellas preguntas que me hacía cuando aparentemente tenía todo: ¿Qué me falta? ¿Esto es todo? Me faltaba descubrir para qué estaba viviendo. Porque podemos tener muchas razones para estar ocupados y hasta muchas razones para estar contentos. Pero hay algo diferente en levantarse cada mañana sabiendo que nuestra vida tiene un para qué.
Encontrar a Cristo no solamente cambió mi destino eterno. También le dio un propósito a cada uno de mis días.