Dios está también en tus batallas ocultas

Me gusta abordar temas diferentes, asuntos de los que pocas veces hablamos en nuestras iglesias. El que quiero compartir hoy es uno de ellos. En muchos años de vida cristiana no recuerdo haber escuchado una sola predicación dedicada exclusivamente a este tema. Y siempre me quedó la misma pregunta: ¿por qué?. Hay cristianos que aman sinceramente al Señor. Son fieles a su iglesia, oran, leen la Biblia, sirven con alegría y desean agradarlo. Sin embargo, libran una guerra secreta que casi nadie conoce.

 

 
Hace algunos años tuve una conversación inolvidable. Le hablé del Señor y de la importancia de la fe al esposo inconverso de una reconocida líder cristiana. Me llamó mucho la atención su respuesta.
"No, Marcelo. Yo no puedo aceptar la vida cristiana". Le pregunté por qué. "Porque admiro profundamente a mi esposa. Veo la fe genuina que tiene y todo lo que hace para la causa de Cristo. Pero yo no podría vivir así. Ustedes dedican mucho tiempo a esa vida: leen la Biblia, oran, asisten a la iglesia, sirven, ayudan a otros... En cambio, yo tengo actividades nocturnas que me producen mucho placer, no tienen nada que ver con ese estilo de vida y no quiero dejarlas por nada del mundo". Aquel fue un verdadero "sincericidio".
 
 
Mientras lo escuchaba comprendí que aquel hombre tenía una idea equivocada del cristianismo. Pensaba que la diferencia entre un creyente y un inconverso consistía en que el primero ya no luchaba con el pecado. Pero la realidad suele ser muy distinta. Muchos hijos de Dios libran batallas interiores muy intensas. La diferencia no está en la ausencia de lucha, sino en la actitud frente a ella. El inconverso suele proteger su pecado; el creyente lo combate. Uno no quiere dejarlo; el otro anhela ser libre.
 
No me estoy refiriendo al creyente que hizo las paces con el pecado. Pienso en el que lo detesta. En el que cae y llora. En el que vuelve a levantarse. En el que le ruega al Señor que lo cambie porque ya no quiere seguir viviendo así.
 
Quizás algunos de ustedes se sientan identificados. Aman profundamente a Cristo, pero siguen peleando contra pensamientos impuros, el orgullo, la envidia, el resentimiento, la amargura, la mentira, la avaricia, la necesidad enfermiza de ser aprobados por los demás, el cigarrillo, las drogas, pequeñas o grandes deshonestidades económicas o incluso una relación adúltera que mantienen en secreto. Cada caída les produce tristeza. Cada oración lleva el mismo pedido: "Señor, ayúdame. Ya no quiero seguir siendo así".
 
Con el paso del tiempo aparecen el desánimo y la culpa. Comienzan a preguntarse si realmente son hijos de Dios, si el Señor ya se cansó de ellos o si algún día lograrán experimentar una verdadera victoria.
Permítame decirle algo que quizás hoy necesite escuchar: mientras usted siga peleando, la batalla continúa. La verdadera derrota comienza cuando dejamos de luchar y terminamos justificando aquello que Dios condena.
 
David conocía muy bien esa realidad. Por eso elevó una oración que sigue conmoviendo hasta el día de hoy: "¿Quién podrá entender sus propios pecados? Líbrame de los que me son ocultos." (Salmo 19:12). Si un hombre como David necesitaba pedirle a Dios que lo librara de sus pecados ocultos, cuánto más nosotros. Él sabía que el corazón humano puede esconder luchas que solo el Señor conoce plenamente.
 
El apóstol Pablo describió -también con enorme sinceridad- esa lucha interior cuando escribió: "Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago" (Romanos 7:19). Aquel gigante de la fe conocía muy bien el conflicto entre el deseo de obedecer a Dios y la debilidad de nuestra naturaleza.
La santificación rara vez ocurre de un día para otro. Dios suele trabajar en nosotros como el mejor de los artesanos: con paciencia, con profundidad y sin abandonar jamás la obra que comenzó.
 
Por eso Filipenses 1:6 nos llena de esperanza: "El que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo". Tal vez hoy usted todavía no sea el creyente que anhela llegar a ser. Pero tampoco es la misma persona que era hace algunos años. Aunque usted solo alcance a ver sus tropiezos, Dios también ve cada oración, cada lágrima, cada arrepentimiento sincero y cada nuevo intento de levantarse.
 
Quisiera terminar con una palabra de ánimo para quienes están cansados de pelear. 
No abandone la lucha. Cada vez que vuelve al Señor después de una caída, cada vez que le pide fuerzas para seguir adelante, cada vez que decide levantarse una vez más, le está diciendo al cielo una sola cosa: "Señor, sigo de tu lado".
Y Dios jamás desprecia a un hijo que vuelve una y otra vez buscando su ayuda.
 
Por Marcelo Laffitte

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