Hay una recomendación bíblica que, a mi juicio, merece volver a ocupar un lugar central en nuestras iglesias: nunca rompa una relación con un hermano, salvo que no quede absolutamente otra alternativa.
Vivimos tiempos en los que resulta demasiado fácil dejar de hablarse. Un comentario desafortunado, una diferencia de opiniones, una susceptibilidad, una decepción o un malentendido alcanzan para que dos creyentes que durante años caminaron juntos pasen a ignorarse.
Sin embargo, la Palabra de Dios nos llama a otro camino. Pablo escribió: "Si es posible, en cuanto dependa de ustedes, estén en paz con todos" (Romanos 12:18).
Esa expresión, "en cuanto dependa de ustedes", me parece extraordinaria. No siempre podremos evitar un conflicto, porque la reconciliación necesita de dos personas. Pero sí podemos asegurarnos de no ser nosotros quienes alimentemos la distancia, el rencor o la indiferencia.
A veces tenemos razón. Y precisamente allí aparece la prueba más difícil. Porque conservar la razón puede resultar mucho más sencillo que conservar a un hermano.
He visto creyentes que recuerdan durante veinte años el motivo de una pelea... pero ya ni recuerdan las bendiciones que compartieron con esa persona. ¡Qué victoria tan triste para el enemigo!
No estoy diciendo que debamos aprobar el pecado, ni callar la verdad, ni renunciar a las convicciones. La Biblia también enseña a corregir, exhortar y, cuando es necesario, confrontar. Pero una cosa es defender la verdad y otra muy distinta es romper un vínculo que Dios había permitido construir.
En mis muchos años de vida cristiana recuerdo solamente dos ocasiones en las que permití que una ofensa terminara rompiendo una amistad con un hermano en la fe.
Con el tiempo, gracias a Dios, ambas relaciones fueron restauradas. Pero hay algo que nunca olvidé: durante todo el tiempo que duraron aquellos distanciamientos viví acompañado por una extraña nube de tristeza. Seguía predicando, trabajando y sonriendo, pero había algo que no estaba bien. Era como si el Espíritu Santo me recordara una y otra vez que una amistad que Él mismo había permitido construir estaba rota. Aquella tristeza desapareció recién cuando volvimos a abrazarnos.
Si hoy existe en su vida algún hermano con quien hace tiempo no habla, quizá esta sea una buena oportunidad para dar el primer paso. Tal vez no pueda cambiar el pasado, pero sí escribir un final distinto. Y créame: pocas alegrías son tan profundas como volver a abrazar a un hermano que nunca debió dejar de serlo.
Desde aquellas dos experiencias aprendí una lección que nunca olvidé: una amistad entre hermanos vale demasiado como para sacrificarla en el altar de nuestro orgullo. Si está en nuestras manos, hagamos todo lo posible para conservarla.
Nunca me arrepentí de reconciliarme. Lo único que lamento es no haberlo hecho mucho antes.