Una virtud clave para el cristiano: la tolerancia. El diccionario la define así: es el respeto y la aceptación de las diferencias, permitiendo la convivencia armoniosa entre personas con creencias, ideas y costumbres distintas.
Vivimos en un mundo donde la intolerancia se ha vuelto moneda corriente. Las diferencias ideológicas, los conflictos en el hogar, las discusiones en la iglesia e incluso los roces en el tránsito pueden convertirse en un campo de batalla cuando la paciencia y la comprensión escasean. Sin embargo, para el cristiano, la tolerancia no es una opción ni una debilidad: es una manifestación del amor de Dios y un signo de madurez espiritual.
La falta de tolerancia convierte la vida en una constante fuente de angustia. Quienes reaccionan con ira ante cualquier error ajeno o diferencia de opinión viven en un estado de permanente tensión y sufrimiento. En cambio, quienes practican la tolerancia disfrutan de mayor paz, pues han aprendido a comprender y justificar las fallas del otro, recordando que todos, sin excepción, tropezamos alguna vez.
La Biblia nos da principios claros sobre la importancia de la tolerancia y la manera en que debe manifestarse en nuestra vida diaria.
La paciencia y la humildad son la base de la tolerancia. Dice la Palabra: "Con toda humildad y mansedumbre, SOPORTÁNDOOS CON PACIENCIA los unos a los otros en amor"(Efesios 4:2).
Aquí Pablo nos recuerda que la humildad y la mansedumbre son esenciales para una convivencia armoniosa. La tolerancia no significa aceptar el pecado o la injusticia, sino aprender a tratar a los demás con amor, aun en sus equivocaciones.
Jesús mismo nos dejó un ejemplo de tolerancia incomparable. No solo soportó la traición, la burla y la crucifixión sin responder con ira, sino que incluso oró por aquellos que lo estaban matando:
"Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lucas 23:34).
En el trabajo siempre debemos elegir la paz sobre la ira. Vaya un ejemplo práctico:
Sofía trabajaba en una oficina donde su jefe solía ser brusco y demandante. Un día, él le habló de mala manera por un error que ni siquiera había cometido. Su primera reacción fue contestar con enojo, pero recordó las palabras de Proverbios 15:1: "La blanda respuesta quita la ira, más la palabra áspera hace subir el furor".
En lugar de pelear, Sofía respondió con calma y profesionalismo. Al ver su actitud, su jefe se sintió avergonzado y más tarde se disculpó. Ese día, Sofía confirmó que la tolerancia no es debilidad, sino una poderosa herramienta para transformar el ambiente a su alrededor.
¿Sabía que la tolerancia nos libera del sufrimiento?
La falta de tolerancia nos convierte en esclavos de la ira y el resentimiento. Quienes no toleran las imperfecciones ajenas viven constantemente ofendidos, desgastados por conflictos innecesarios. Por el contrario, la tolerancia permite vivir en paz, porque el corazón que comprende y perdona no se llena de veneno.
El cristiano tolerante no es alguien que permite el pecado o que calla ante la injusticia, sino alguien que corrige con amor, que ve más allá del error y busca edificar en vez de destruir.
En Gálatas 5:22-23, Pablo menciona los frutos del Espíritu, entre ellos la paciencia y la benignidad, que son pilares de la tolerancia. Quien cultiva la presencia de Dios en su vida desarrolla una actitud comprensiva y misericordiosa hacia los demás.
Ser tolerante no es una opción para el cristiano; es una necesidad. Quien aprende a tolerar, sufre menos, ama más y se acerca más a la imagen de Cristo.