¿Aceptarías que te digan qué debes corregir?

La verdad es que pocos de nosotros estaríamos dispuestos a recibir este tipo de corrección con una sonrisa. Preferimos las palabras suaves y los elogios. Y sí, las palabras de reconocimiento son necesarias, pero... La verdadera amistad cristiana va más allá.

 

 
¿Te gustaría tener un hermano en la fe que te haga saber tus defectos? ¿Te molestarías si esa persona te señalara, con amor y toda libertad, los aspectos de tu carácter que son irritantes o que claramente deberías cambiar?
 
Proverbios 27:6 nos recuerda: “Fieles son las heridas del amigo; pero engañosos los besos del enemigo”.
 
Un verdadero hermano en la fe no te halagará para complacerte, sino que te amará lo suficiente para decirte lo que otros no se atreven.
 
Dios usa a personas cercanas para pulirnos, para confrontarnos y llevarnos a una versión más madura y parecida a Cristo. La corrección no siempre es agradable, pero es un acto de amor cuando proviene de alguien que busca lo mejor para ti.
 
¿Entonces, por qué no lo hacemos?
Nunca he visto que esto se practique en nuestras iglesias o entre hermanos en la fe. Nunca he visto que alguien le pida a otro que realice esa tarea de amor: señalarle sus defectos, advertirle sobre fallas negativas que carga, confrontarlo con verdades incómodas para ayudarlo a crecer.
 
¿Por qué será que no lo hacemos? ¿Será porque nuestro ego no podría soportar semejante señalamiento? ¿O será porque tememos que esa persona descubra más cosas negativas de las que nosotros mismos reconocemos?
La realidad es que vivimos evitando el espejo de la verdad, protegiendo nuestra imagen y nuestras zonas de confort. Sin embargo, la corrección sabia y amorosa podría ser uno de los regalos más valiosos para nuestra vida.
 
Proverbios 12:1 lo dice sin rodeos: “El que ama la corrección ama el conocimiento; pero el que aborrece la reprensión es necio”.
 
Imagina tener a alguien que, con amor y respeto, te muestre aspectos de tu vida que puedes mejorar. Alguien que no te critique para derribarte, sino para edificarte y ayudarte a ser la persona que Dios quiere que seas.La corrección, cuando viene de un corazón sincero, es una herramienta de transformación. Puede doler al principio, como el bisturí en manos de un buen cirujano. Pero al final, sana y fortalece.
 
Hebreos 12:11 nos enseña: “Es verdad que ninguna corrección causa alegría en el momento, sino más bien tristeza; pero después, da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados”.
 
Entonces, ¿te atreverías a pedirle a alguien que te corrija? ¿Te atreverías a dar ese paso valiente y pedirle a un hermano o hermana en Cristo que te ayude a ver lo que tú no puedes?
La humildad para aceptar la corrección puede marcar la diferencia entre quedarte estancado o crecer en el Señor.
No tengas miedo de dar ese paso. Dios puede usar esa corrección para llevarte a nuevos niveles de madurez y bendición.
 
Sellemos estas verdades con una oración:
"Señor, dame un corazón humilde para aceptar la corrección. Ayúdame a recibirla con gratitud y a verla como una oportunidad para crecer. Pon en mi camino personas sabias que me ayuden a avanzar en mi fe, y dame la valentía para ser ese hermano o hermana que corrige con amor cuando sea necesario. Amén".
 
Por Marcelo Laffitte
 

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