No podés ayudar, a quien no quiere cambiar

 Existe una diferencia vital entre la caridad cristiana y perpetuar la negligencia ajena. A menudo, en nombre de la «buena voluntad», intentamos evitar que las personas sufran las consecuencias de sus propias malas decisiones. Pero la Biblia es clara en Proverbios 10:4: «Las manos negligentes empobrecen, pero las manos diligentes enriquecen».

 

Ayudar a alguien que se niega a trabajar, que prefiere vivir en la ociosidad o que se niega a abandonar el pecado, no es amor; es complicidad. En 2 Tesalonicenses 3:10, el apóstol Pablo establece un principio de orden: «Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma». El dolor de las consecuencias suele ser el único maestro que Dios usa para guiar al necio al arrepentimiento.
 
Al eliminar el peso de las decisiones de alguien que ha elegido la rebeldía, en realidad estás bloqueando la obra del Espíritu Santo en su vida. Recuerda al Hijo Pródigo: solo recapacitó al sentir el peso del hambre y el olor a cerdos. Si alguien le hubiera enviado dinero en el país lejano, jamás habría sentido la necesidad de regresar a los brazos de su Padre.
 
Tener el discernimiento para saber a quién ayudar y a quién no es señal de madurez espiritual. Ora por ellos, ámalos, pero no financies el estancamiento de quienes no quieren avanzar. A veces, el mayor acto de amor que puedes practicar es dar un paso atrás y dejar que Dios obre en el carácter de esa persona en la prueba de la experiencia.
 
No confundas la compasión, con la desobediencia a los principios bíblicos.
 
Publicación de Conecta2alacruz

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