Un capítulo doloroso en tu vida, no necesariamente es el capítulo final

La mujer sunamita es una de las mujeres más interesantes del Antiguo Testamento. Su historia se encuentra principalmente en 2 Reyes 4:8-37 y continúa en 2 Reyes 8:1-6. La Biblia no menciona su nombre; la identifica por ser de Sunem.

 

Era una mujer de buena posición que mostró una gran hospitalidad hacia el profeta Eliseo. Cada vez que él pasaba por aquella región, ella lo invitaba a comer. Luego le propuso a su esposo preparar para Eliseo un pequeño aposento con cama, mesa, silla y candelero, para que tuviera dónde descansar cuando los visitara.
 
Eliseo quiso recompensar su generosidad. Al enterarse de que no tenía hijos y que su esposo era anciano, le anunció que tendría un hijo. Ella reaccionó con cautela, como quien tenía miedo de ilusionarse: “No hagas que tu sierva se engañe” (2 Reyes 4:16). Sin embargo, la promesa se cumplió y tuvo un hijo.
 
Años después ocurrió algo devastador. El niño enfermó repentinamente mientras estaba con su padre en el campo y murió en brazos de su madre. Ella colocó al niño sobre la cama de Eliseo y salió inmediatamente a buscar al profeta.
 
Cuando le preguntaron si todo estaba bien con ella, su esposo y el niño, respondió: “Bien” (2 Reyes 4:26). Esto no significa necesariamente que negara lo sucedido; el relato muestra que estaba decidida a llegar hasta Eliseo. Cuando finalmente lo encontró, se abrazó a sus pies y expresó profundamente su dolor.
 
Eliseo regresó a la casa y, después de orar a Dios, el niño volvió a vivir. Entonces llamó a la mujer y le dijo: “Toma tu hijo” (2 Reyes 4:36).
 
Más adelante, en 2 Reyes 8, vuelve a aparecer. Eliseo le había advertido que vendría una hambruna de siete años, por lo que ella salió de su tierra con su familia. Cuando regresó, acudió al rey para reclamar su casa y sus tierras. Providencialmente, justo cuando llegó, Giezi estaba contándole al rey la historia de cómo Eliseo había devuelto la vida a su hijo. El rey ordenó que le restituyeran todo lo que le pertenecía, incluyendo los frutos producidos por sus tierras durante su ausencia.
 
Reflexión para la mujer
La sunamita nos muestra a una mujer generosa, determinada y perseverante. Abrió una habitación para servir cuando todavía no sabía que una bendición llegaría a su propia casa. Y cuando enfrentó la pérdida de aquello que había recibido, no permaneció inmóvil: fue a buscar ayuda y persistió hasta encontrar a Eliseo.
 
Su historia también deja una enseñanza hermosa: un capítulo doloroso no necesariamente es el capítulo final. Aquella mujer pasó de preparar una habitación para el profeta, a recibir un hijo; de sostener a ese hijo sin vida, a volver a abrazarlo vivo; y años después, incluso recuperó lo que había dejado atrás.
 
Mujer, sigue caminando aun cuando todavía no entiendas cómo terminará tu historia. La sunamita no tenía todas las respuestas, pero no dejó que el momento más doloroso fuera el punto final.
 
Publicación de Mujer Virtuosa

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