La ciudad tenía belleza, pero sus aguas estaban enfermas. Había vida alrededor, pero en lo profundo algo no producía fruto. Entonces los hombres fueron a Eliseo y le dijeron la verdad: el lugar era bueno, pero las aguas eran malas y la tierra no daba lo que debía dar. “Entonces saliendo él a los manantiales de las aguas, echó dentro la sal, y dijo: Así ha dicho Jehová: Yo sané estas aguas, y no habrá más en ellas muerte ni enfermedad.” — 2 Reyes 2:21