La humildad de saber escuchar

Durante muchos años creí que ser un buen comunicador consistía principalmente en hablar bien. Con el tiempo descubrí algo mucho más difícil: saber escuchar. Vivimos en una época donde todos quieren ser escuchados, pero pocos están realmente dispuestos a escuchar a los demás. Y esa realidad se pone de manifiesto en dos costumbres cada vez más frecuentes: interrumpir y opinar sobre todo.

 

Confieso que hay algo que me impulsa a cambiar de canal casi inmediatamente cuando estoy viendo un programa de televisión. Ocurre cuando alguien está desarrollando una idea interesante, el diálogo avanza bien, la conclusión está a punto de llegar y aparece el ansioso de siempre para interrumpir. Justo cuando el invitado estaba redondeando un concepto valioso, alguien mete su bocadillo y desvía la conversación.
En ese momento suelo abandonar el programa.
 
¿Por qué me molesta tanto? Porque allí se pone de manifiesto algo que también vemos todos los días en nuestras conversaciones. Hay personas que escuchan para comprender y hay personas que escuchan solamente hasta encontrar un hueco para hablar.
Interrumpir no siempre es una falta de educación. Muchas veces es una forma elegante de decir: "Lo que yo tengo para decir es más importante que lo que estás diciendo vos".
 
El viernes pasado, durante uno de los encuentros de Koinonía que realizamos por internet, sentí la necesidad de felicitar a un joven ingeniero peruano, Manuel Chinchay, de la ciudad de Chiclayo. ¿Por qué? Sencillamente por saber escuchar. Nunca habló fuera de tiempo. Nunca interrumpió. Esperó su momento, escuchó atentamente a los demás y aportó cuando correspondía. "Tienes una virtud enorme, Manuel", le dije.
Y lo sigo pensando. En un mundo donde todos quieren tomar la palabra, escuchar se ha transformado en una cualidad cada vez más escasa.
Pero existe otro hábito muy relacionado con el anterior: la necesidad de opinar sobre todo.
 
Hay personas que sienten que deben emitir una opinión sobre cualquier tema que aparezca en la conversación. Política, economía, fútbol, medicina, educación, tecnología, crianza de hijos, teología o relaciones humanas. Parecen convencidas de que el silencio puede interpretarse como ignorancia.
Sin embargo, una de las señales más evidentes de madurez es sentirse cómodo sin hablar. No todas las preguntas necesitan nuestra respuesta. No todos los debates necesitan nuestra opinión.
No todos los silencios necesitan ser llenados. Me gusta la frase que dice: “Solo debes hablar cuando sepas que tus palabras serán mejores que el silencio”.
Jesús tenía respuesta para todo, pero no respondió todo. En varias oportunidades eligió guardar silencio. Nosotros solemos hacer exactamente lo contrario: tenemos respuesta para poco, pero opinamos sobre mucho.
 
Con los años he descubierto que algunas de las conversaciones más enriquecedoras de mi vida ocurrieron cuando escuché más de lo que hablé. Aprendí que escuchar no consiste simplemente en permanecer callado mientras el otro habla. Escuchar significa darle al otro la posibilidad de completar su pensamiento, comprender su punto de vista y sentirse verdaderamente atendido.
 
Quizás la madurez no consista en tener algo para decir sobre todo. Quizás consista en saber cuándo nuestras palabras agregan valor y cuándo simplemente agregan ruido.
Vivimos rodeados de personas que quieren ser oídas. Tal vez Dios siga buscando personas dispuestas a escuchar.
Porque el sabio no es el que tiene una opinión para cada tema. El sabio es el que sabe cuándo sus palabras mejoran el silencio.
 
Por Marcelo Laffitte

Suscríbete a nuestro boletín de novedades

Te vamos a comunicar lo más destacado.
Solo una vez por semana te enviaremos notas seleccionadas de nuestra web.