Durante muchos años creí que ser un buen comunicador consistía principalmente en hablar bien. Con el tiempo descubrí algo mucho más difícil: saber escuchar. Vivimos en una época donde todos quieren ser escuchados, pero pocos están realmente dispuestos a escuchar a los demás. Y esa realidad se pone de manifiesto en dos costumbres cada vez más frecuentes: interrumpir y opinar sobre todo.