Así que lo primero que necesitas hacer es apartar un lugar y un tiempo real, aunque al principio sean treinta minutos, pero que sean treinta minutos de verdad, no treinta minutos con el teléfono en la mano, con WhatsApp sonando, con la mente brincando como chivo en techo de zinc y con el corazón dividido entre Dios y todo lo pendiente, porque si vas a encontrarte con el Espíritu Santo tienes que apagar el ruido de afuera y comenzar a silenciar el ruido de adentro
Una vez que ya separaste ese espacio, vas a entrar con sencillez delante del Padre, no tratando de sonar profundo, no inventando palabras raras, no haciendo una oración para impresionar a los ángeles ni para parecer profeta de película, sino hablando con honestidad y diciéndole: “Señor, aquí estoy, vengo a buscarte, vengo a rendirme, vengo a escucharte, limpia mi mente, aquieta mi alma, perdona mi pecado, ordena mi corazón y enséñame a reconocer Tu voz”.
Porque el Espíritu Santo no necesita teatro para tratar contigo, necesita un corazón disponible; luego toma un tiempo de adoración tranquila, aunque sea con una canción sencilla o con tus propias palabras, y deja que tu corazón baje la velocidad, porque muchas veces entramos al secreto como si viniéramos corriendo detrás de una guagua, agitados, tensos, cargados, y queremos escuchar a Dios en dos minutos.

Pero la intimidad no funciona como microondas espiritual donde aprietas un botón y sale revelación caliente, sino como una mesa donde te sientas con el Señor, respiras, te rindes, abres la Palabra y permites que Su presencia vaya ordenando lo que el día desordenó; después lee un pasaje bíblico, aunque sea corto, como Juan 14, Juan 15, Romanos 8, Salmo 23 o Salmo 139, y no leas por cumplir, lee preguntando: “Espíritu Santo, ¿qué me estás mostrando aquí, qué estás corrigiendo en mí, qué verdad necesito obedecer, qué parte de mi vida no está alineada con Cristo?”
Porque la voz de Dios nunca te va a llevar contra la Palabra, y la Palabra siempre será el filtro más seguro para probar lo que estás escuchando. Ahora, cuando estés en ese momento y empiecen a venir pensamientos a tu mente, no te asustes, porque ahí es donde muchos se confunden y dicen “no puedo orar, mi mente no se calla”
Pero en vez de rendirte, vas a hacer un ejercicio práctico: toma una hoja blanca y divídela en tres columnas, trazando dos líneas a lo largo para que te queden tres espacios; en una columna escribe Voz de Dios, en la otra voz de mi alma, y en la otra voz del enemigo, y mientras oras, lees, adoras y guardas silencio, vas a anotar los pensamientos que vengan, sin actuar rápido, sin creerte todo de una vez y sin pelear con tu mente como si estuvieras cazando mosquitos con una chancleta espiritual; si viene un pensamiento como “guarda silencio, perdona, vuelve a la Palabra, busca al Señor, pide perdón, descansa en Mí, no respondas desde la herida, entrégame esa carga”.

Eso puede alinearse con la voz de Dios porque te lleva a Cristo, produce paz con corrección, te llama a obediencia y tiene respaldo bíblico, como cuando Salmo 46:10 dice: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios”, o cuando Colosenses 3:13 nos manda a perdonar; si aparece un pensamiento como “yo no puedo más, nadie me entiende, siempre me pasa lo mismo, tengo que resolverlo ya, si no me responden es porque no me aman, mejor me encierro y no hablo con nadie”
Eso puede ser la voz de tu alma herida, porque no necesariamente siempre está intentando llevarte al pecado, pero sí habla desde cansancio, miedo, dolor, ansiedad o necesidad de control, y esa voz necesita ser pastoreada por Cristo, no obedecida como si fuera una orden del Espíritu Santo; si viene algo como “Dios no te escucha, tú no sirves, ya fallaste demasiado, no busques más, eso no va a cambiar, mejor responde con rabia, vete, abandona, pecaste y ya no hay remedio”, ahí tienes que discernir que esa voz no viene del Padre, porque el enemigo acusa, condena, empuja al desespero, trae confusión, oscurece la identidad y te quiere separar de Dios, mientras que el Espíritu Santo convence de pecado para llevarte al arrepentimiento, pero nunca te aplasta para destruirte.
Te pongo un ejemplo real para que lo entiendas: imagina que tuviste un problema con alguien del grupo, te sentiste ignorado, herido o maltratado, y cuando entras a orar vienen tres pensamientos diferentes; uno dice: “escribe ahora mismo y dile todo lo que tienes guardado, porque tú no eres bobo y nadie te va a pisotear”, otro dice: “mejor desaparece, nadie te valora, quédate callado y no vuelvas a servir”, pero de pronto viene una dirección suave y firme que dice: “guarda silencio esta noche, ora por esa persona, revisa primero tu corazón y mañana habla con mansedumbre si todavía es necesario”.
Si tú no disciernes, puedes obedecer la rabia creyendo que es justicia, puedes obedecer la herida creyendo que es protección, o puedes obedecer al Espíritu Santo y evitar abrir un incendio donde Dios solo quería apagar una chispa, porque no todo pensamiento fuerte es dirección de Dios, y no toda urgencia que sientes viene del Espíritu Santo.

¿Vas entendiendo? Ahora mira esto en la Biblia: en Mateo 16, Pedro primero recibió revelación del Padre cuando dijo que Jesús era el Cristo, el Hijo del Dios viviente, pero poco después, cuando Jesús habló de la cruz, ese mismo Pedro intentó desviarlo diciendo que eso no debía pasar, y Jesús le respondió: “Quítate de delante de mí, Satanás; me eres tropiezo”, no porque Pedro hubiera dejado de amar a Jesús, sino porque en ese momento estaba hablando desde una mentalidad que no entendía el propósito de Dios; ahí se ve clarísimo que una persona puede tener momentos donde recibe algo del Padre y también momentos donde su alma, su miedo o una influencia contraria intenta hablar, por eso necesitamos discernimiento y no vivir obedeciendo cualquier pensamiento que aparezca con cara de preocupación espiritual.
Así que cuando termines de escribir en esas tres columnas, vuelve a leerlo todo con calma, compáralo con la Palabra, mira qué produce en tu corazón, revisa si te lleva a Cristo o te aleja, si trae paz con obediencia o ansiedad con presión, si te llama a rendirte o a reaccionar, y entonces tacha las voces que no vienen de Dios, renuncia a obedecerlas y quédate con aquello que el Padre está hablando para llevarte a una acción concreta, aunque sea sencilla: pedir perdón, guardar silencio, descansar, volver a leer un pasaje, escribir una oración, soltar una carga, corregir una actitud, ordenar tu día o buscar consejo sano.
Espero que estés entendiendo la seriedad de esto, porque ser lleno del Espíritu Santo no es solamente llorar en una reunión y decir “sentí bonito”, sino aprender a escuchar, discernir y obedecer en lo secreto, cuando nadie te está mirando, cuando tu alma quiere mandar, cuando el enemigo quiere confundirte y cuando el Padre te está llamando a una intimidad más profunda; así que esta noche no digas “no sé cómo empezar”, porque ya tienes una guía sencilla, práctica y bíblica, y si de verdad quieres crecer, apaga el ruido, busca tu hoja, abre la Palabra, habla con el Espíritu Santo, escucha con humildad, prueba las voces y obedece lo que Dios te muestre, porque la intimidad no se demuestra diciendo amén en el grupo, se demuestra respondiendo al llamado del Señor cuando Él te espera en el secreto.
Publicación de Abel David Mendez


