Esa serpiente no está atacando de lejos. Está íntima. Está adentro. Le habla. Le dice: tienes razón, respóndele, no te dejes, que pague lo que hizo. Y el hombre obedece esa voz creyendo que es la suya.
Así trabaja el demonio de la ira en lo más cotidiano: no te grita desde afuera, te susurra desde adentro. Convierte tu boca en arma, tu cara en máscara, y a las personas que más amas en tus enemigos por unos minutos. Y lo peor es que te hace sentir poderoso mientras destruyes. Hasta que pasa la furia, baja el rojo de tu cara, y queda el silencio, las miradas heridas, y esa vergüenza pesada de no reconocerte.


