En 2 Crónicas 20:15, Dios le dijo a Josafat algo que parece contradictorio: "La batalla no es vuestra sino de Dios." Pero tres versículos después, Josafat organizó al ejército, puso cantores al frente y marchó al desierto de Tecoa. No se quedó en casa esperando. Marchó.
La clave está en el orden: primero vino la palabra de Dios en el versículo 15, y después vino la marcha en el versículo 21. Josafat no marchó para que Dios actuara. Marchó porque ya había creído que Dios actuaría.
Cuando llegaron al campo de batalla en el versículo 24, el enemigo ya estaba muerto. Ellos recogieron botín durante tres días sin sacar una sola espada.
Piensa en esto: si alguien ya te confirmó que ganaste el partido, no sales a la cancha a pelear por el resultado. Sales a jugar sabiendo que el marcador ya está definido.
Eso es exactamente lo que hicieron los cantores de Josafat. El hebreo del versículo 21 usa la palabra halal, alabanza declarativa, no súplica. No estaban pidiendo victoria. Estaban proclamando una que Dios ya había prometido en el versículo 15. La obediencia de Josafat no fue una condición para que Dios actuara. Fue la evidencia de que ya había creído que Dios actuaría. La Escritura es precisa en esa distinción y vale la pena no perderla.
¿Qué cambiaría en tu forma de leer este texto si entendieras que Josafat marchó con certeza, no con esperanza de que algo pasara?