Dios decidió manifestarse a través de un libro

De algo tan sencillo y, a la vez, tan asombroso: Que el Creador escogió, para revelarse a la humanidad y para dar a conocer su Plan de Salvación, un medio que es cercano a mi vida y a mi oficio: UN LIBRO. Entre las infinitas posibilidades de manifestarse —medios espectaculares, impresionantes e incluso inimaginables—, Dios decidió hacerlo a través de páginas escritas.

 

Y aquí comienza la maravilla.
Hay algo extraordinario —y sin embargo muy pocos se detienen a pensarlo—: Dios, el Creador del universo, pudo haberse revelado de cientos de maneras. Pudo usar fenómenos extraordinarios, visiones permanentes, voces del cielo cada mañana, señales visibles o maravillas que estremecieran al mundo. Pero no eligió nada de eso.
 
En cambio, eligió un libro. Un libro escrito a lo largo de siglos, en distintos continentes, por hombres diferentes y en culturas distintas; un libro que sobrevivió guerras, persecuciones, quemas masivas, prohibiciones y ataques intelectuales; un libro copiado a mano generación tras generación, que cruzó desiertos, mares y montañas, que llegó a reyes y analfabetos, a monjes y campesinos, a científicos y niños.
 
¿No es asombroso?
Un Dios infinito que decide achicarse y encerrarse voluntariamente en frases, en historias, en cartas, en poemas y proverbios.
Un Dios eterno que se hace accesible a través de páginas que cualquiera puede abrir. Un Dios todopoderoso que permite que Su voz quede guardada en algo que cabe en la mano.
Y, sin embargo, ¿por qué elegiría Dios algo tan “simple” como un libro? Porque un libro te obliga a detenerte, a leer despacio, a pensar, a volver atrás, a subrayar, a escuchar, a conversar con Dios en silencio…
 
Un milagro visible impresiona un instante, pero una Palabra escrita transforma toda la vida. Un trueno desde el cielo puede conmoverte, pero un versículo en el momento justo, puede salvarte. Ese modo delicado, persistente y silencioso en que Dios eligió hablar revela algo profundo sobre Su carácter: la Biblia no grita, susurra; no invade, invita; no empuja, guía. Dios busca diálogo, no espectáculo; transformación, no manipulación; relación, no espectáculo.
 
Lo más impactante es que Él quiso que Su plan eterno pudiera leerse, que la salvación, el propósito, la Gracia, el perdón y la vida eterna estuvieran al alcance de cualquier ser humano simplemente pasando una página.
La Biblia es la prueba de que Dios no quiso ser un misterio inalcanzable: quiso ser un Dios cercano, un Dios que explica, que se da a conocer, que invita. Cada capítulo es una puerta abierta. Cada versículo, una semilla esperando germinar en un corazón dispuesto. Cuando abrimos la Biblia, no estamos leyendo un libro más: estamos entrando en un encuentro diseñado por Dios mismo.
 
Cada vez que la abrimos estamos haciendo algo que millones jamás pudieron hacer: estamos escuchando al Dios vivo en el lenguaje humano.
Si Dios decidió revelarse por medio de un libro, ¿cómo relegarlo al olvido dejando de leerlo? ¿Cómo vivir a ciegas teniendo en nuestras manos Su voz escrita?
 
La Biblia no es un accesorio espiritual: es el puente que Dios tendió para alcanzarnos. Cuidarla, leerla y obedecerla es honrar el milagro de un Dios que eligió hablar en palabras que jamás se desgastan. Porque el gran milagro no es solo que la Biblia haya sido escrita: el milagro es que Dios haya querido ser leído. Y que nunca dejemos de asombrarnos por eso.
 
Dios eligió un Libro para hablar. La pregunta es simple: ¿nos tomaremos el tiempo para escucharlo? Quien abre la Biblia, abre la puerta por donde Dios entra.
 
Por Marcelo Laffitte

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