Si nos ponemos de socios en un negocio con alguien y esa persona traiciona lo pactado, perdemos de inmediato la confianza y rechazamos volver a compartir nada con ella. Sin embargo, a diferencia de esa relación comercial, cuando se trata de Dios, -y aquí viene lo milagroso- aunque algunas promesas del Señor puedan parecer incumplidas o las respuestas a nuestras peticiones se retrasen, Jamás nos planteamos abandonar la fe.
Esto se debe a que nuestra relación con lo divino va más allá de una simple lógica de intercambio de beneficios y entra en un terreno absolutamente sobrenatural.
Las promesas bíblicas de cuidado, protección y prosperidad no garantizan una vida sin sufrimientos, sino que apuntan a una verdad más profunda: la presencia constante de Dios en cada circunstancia. La experiencia de mantener la fe pese a las pérdidas, la soledad o la quiebra de negocios demuestra que la confianza en Dios no se basa en una transacción, sino en una conexión íntima, transformadora y milagrosa.
Así como en el ámbito de los negocios la traición conduce a la desconfianza inmediata, en la relación con Dios enfrentamos el dolor y la desilusión sin abandonar la fe. Esta aparente rareza—seguir confiando en lo divino a pesar de que las circunstancias no se ajusten a nuestras expectativas—sugiere la existencia de una realidad divina y sobrenatural.
Pero es muy llamativo que suceda todo lo contrario: es precisamente en esos momentos de incertidumbre y sufrimiento cuando la fe se fortalece, demostrando que hay en juego algo que trasciende el raciocinio humano.
Esto fortalece mi creencia en Dios: Que el creyente se mantenga firme en su fe a pesar de las adversidades es, en sí, un testimonio de lo inexplicable y sobrenatural. Esta resiliencia no se funda en un contrato de beneficios inmediatos, sino en una convicción profunda y en una experiencia personal del amor y la presencia de Dios, aun cuando las respuestas visibles no se materialicen de la forma esperada.
En el Reino de Dios, donde nosotros convivimos, el dolor, la soledad y las pérdidas no son motivos para abandonar lo divino, sino procesos que, lejos de debilitar la fe, la hacen más auténtica y profunda. En medio de la adversidad, el creyente se ve impulsado a buscar y experimentar a Dios de maneras que trascienden lo meramente material, fortaleciendo así su conexión con el Reino de los Cielos.
En definitiva, la experiencia de mantener la fe, incluso cuando las circunstancias nos ponen a prueba, es un indicativo poderoso de la presencia divina.
Mientras que en las relaciones humanas basadas en acuerdos terrenales la traición destruye la confianza, en la relación con Dios, la fe se reafirma a través de la adversidad, revelando un misterio que desafía toda lógica y toda razón y nos invita a reconocer que nuestra fe en Dios es absolutamente milagrosa.
"Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve." (Hebreos 11:1).
Incluso esta definición de la fe que nos da la Biblia está mucho más allá de lo humano y lo racional porque dice que la fe -algo que viene de Dios- encierra dos semillas: una es la esperanza firme y la otra es el anticipo y la confianza de lo que pronto se verá.
Por Marcelo Laffitte