La verdad de Cristo, a menudo, incomoda, exige y confronta

Aquel domingo, un pastor amigo—un hombre de Dios con sólida madurez espiritual—subió al púlpito en Buenos Aires y entregó un mensaje distinto. Profético. Bello y a la vez confrontador: habló de los “versículos olvidados”. Esos pasajes que demandan compromiso, que condicionan muchas de las bendiciones prometidas en la Palabra.

 

Fue un mensaje árido, pero necesario. Porque cuando Dios habla, sus palabras no siempre son cómodas ni fáciles de digerir. La verdad de Cristo, a menudo, incomoda, exige y confronta.
Siempre han existido entre nosotros grandes franjas de creyentes que prefieren un evangelio “azucarado”. Un evangelio marketinero, diseñado para atraer multitudes, pero desprovisto de la cruz. Un evangelio que toma todo lo fácil, todo lo que se regala, todo lo que se ofrece… pero descarta las demandas, las renuncias y los sacrificios que el verdadero discipulado implica.
Se ha infiltrado entre nosotros un “evangelio de liquidación”: “Venga y lleve, aproveche la oferta. Solo hace falta creer y ya está. No le pedimos nada más”.
Las radios están saturadas de programas conducidos por hombres “más buenos que Dios”, regalando promesas sin costo alguno: “Dios te salva, te sana, te liberta, te acompaña, te consuela, te prospera, te bendice, te da, te da, te da...”
 
Pero, ¿y qué hay del Dios que también demanda? ¿Dónde quedó el Dios de la Biblia que dijo?: “Vende todo y sígueme” (Lucas 18:22). “Toma tu cruz cada día y sígueme” (Lucas 9:23). “El que pierda su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 10:39).
Desde los púlpitos, se nos “alienta” diciendo: “Dios sabe que somos pecadores”. “Él también fue hombre y comprende nuestras debilidades”. “Él nos ama tal como somos”. Todo eso es cierto. Pero esa no es toda la verdad. Falta agregar que Dios no quiere dejarnos en el mismo estado en que nos encontró.
Él no nos salva para seguir igual, sino para ser transformados a la imagen de Cristo (Romanos 8:29). Pero este evangelio rebajado apunta a lo contrario: a que no nos sintamos mal por nada, ni siquiera por estar coqueteando con el pecado. A que vivamos felices, pero espiritualmente anémicos.
La Escritura advierte que esto sucedería:“Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que, teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas” (2 Timoteo 4:3-4).
 
Si el evangelio no es predicado con fidelidad, los resultados serán fugaces. ¿Qué impacto real puede tener un golpe efectista de emoción o un relato melodramático? A lo sumo, que algunos se “conviertan” por un par de horas. Pero la Palabra de Dios es la única que no vuelve vacía (Isaías 55:11).
Hoy, muchos prestan oído a otras voces antes que a la Escritura:
A la racionalidad: “No veo nada malo en esto”.
A la emoción: “Siento que debo hacer tal cosa”.
A las estadísticas: “Todos lo hacen”.
A la conciencia: “Mi conciencia no me molesta”.
A la ignorancia: “No sabía que era pecado”.
Pero lo malo no es malo porque nos haga sentir culpables o porque pocos lo practiquen. Lo malo es malo porque Dios dice que es malo. Punto.
¡Volvamos a TODA la Palabra!
Es hora de abandonar, en el nombre de Jesús, este evangelio engañoso y volver a la verdad. Pero no a una parte de la verdad, sino a toda la Palabra de Dios.
“Escudriñad las Escrituras, porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39).
“Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (Juan 17:17).
“Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15).
 
Un evangelio sin compromiso es un evangelio sin poder. Un evangelio sin cruz no es evangelio. La salvación es gratuita, pero el discipulado tiene un precio.
Que el Señor nos ayude a permanecer firmes en la verdad, aunque nos incomode. Aunque nos cueste. Aunque no sea popular. Porque sólo la verdad nos hará libres (Juan 8:32).
 
Por Marcelo Laffitte

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