No pedías milagros. No pedías que el cielo se abriera.
Solo una señal.
Un ruido.
Un susurro.
Algo que dijera: “Te veo. No estás solo.” Pero lo único que llegó fue el silencio. Un silencio frío, hiriente, inmenso. Un silencio que no consuela, que no explica, que no se mueve. Un silencio que pesa más cuando uno cree.
Te enseñaron que Dios siempre está, pero nunca te dijeron que a veces se queda quieto. Inmóvil. Callado. Presente, pero sin responder, mientras tú te rompes por dentro.
Y entonces llegan las preguntas que duelen más que la herida: ¿Y si el cielo no es indiferente, sino que eligió no responder? ¿Y si ese silencio no es olvido, sino juicio? ¿Y si cuando más lo necesitaste… decidió no estar?
El alma duele más cuando clama y no recibe eco.Duele más cuando la fe choca con un Dios que observa, pero no interviene.
Porque el silencio de Dios no se siente como paz, se siente como abandono.
Y aun así… en medio de los escombros, con el corazón cansado y la fe temblando, hay algo que se resiste a morir.

Porque aunque esté destrozado por dentro, aunque no entienda el silencio, aunque duela creer sin respuestas, yo sé —no con la mente, sino con lo poco que queda del alma— que Él está obrando.
No siempre habla. No siempre explica. No siempre consuela como esperamos.
Pero incluso en su silencio, Dios no deja de ser Dios.
Y a veces, el milagro no es que responda… sino que, a pesar de todo, todavía sigamos creyendo. Por que el es fiel y nunca nosdeja solos
Fuente: Cantares 4:1


