Testimonio: "La fe en Cristo fue el mejor negocio que hice en mi vida"

Anoche, Hilda y yo compartimos una cena sencilla en casa con dos matrimonios amigos. Fue una charla amena, de esas que comienzan livianas y, sin proponérselo, terminan tocando temas profundos. En un momento de la noche, uno de ellos nos hizo una pregunta tan honesta como directa: ¿A qué atribuimos la armonía que se nos nota después de tantos años juntos?

 

Intenté responder con sinceridad. Les hablé de algunos factores humanos: el diálogo, el respeto, el perdón, la decisión diaria de cuidar el vínculo. Pero enseguida sentí que, si me quedaba solo en eso, estaba siendo injusto con la verdad. Así que dije lo que realmente creo: “Lo que más nos ayudó fue nuestra fe en Jesucristo, haber entrado en una vida de fe y haberla tomado con toda la seriedad que eso requiere”.
 
Les conté de mi encuentro con el Señor, de la felicidad y el gozo que comenzaron a acompañarnos, de la enorme cantidad de errores, fallas y hábitos dañinos que fuimos dejando en el camino.
 
También les hablé de cómo esa decisión transformó nuestra vida familiar, de personas cercanas que siguieron el mismo camino, del asombro de algunos amigos al verme tan distinto y, con tristeza, del alejamiento de otros que no aceptaron que yo tomara esta decisión tan en serio.
 
En un momento, casi sin pensarlo, dije una frase que sentí muy verdadera: "La fe en Cristo fue el mejor negocio que hice en mi vida, y ese negocio sigue abierto".
 
Luego vinieron sus respuestas. Uno de ellos, médico, me escuchó con atención y respeto, y me dijo que era ateo. Que, aunque le gustaría creer en Dios, no lo haría solo por los beneficios que pudiera obtener; quería ser honesto consigo mismo. El otro, empresario, se definió como creyente de la reencarnación.
Los escuché sin discutir, con respeto, pero al acostarme me quedé profundamente pensativo.
 
Qué triste es no tener el ancla de Cristo. Qué penoso es caminar sin la guía del Señor. Qué abrumador debe ser vivir sin una esperanza firme y qué doloroso es rechazar una oportunidad que, quién sabe, tal vez no vuelva a repetirse. No escribo esto desde la soberbia ni desde el juicio, sino desde una pena sincera, porque cuando uno ha encontrado sentido, perdón, dirección y vida nueva, no puede dejar de desear lo mismo para quienes aprecia.
 
Yo no heredé la fe por costumbre ni por tradición. La abracé porque estaba perdido y porque necesitaba una verdad que ordenara mi vida. Y sé, con absoluta certeza, que sin Cristo no estaría donde estoy ni sería quien soy hoy.
 
LA FE NO ES UN RECURSO DE EMERGENCIA NI UN ATAJO PARA ESTAR MEJOR. Es una decisión profunda que transforma la vida entera. Y aunque muchos la rechacen desde la duda, el temor o la confusión, sigo creyendo que nadie está demasiado lejos como para no ser alcanzado por la gracia de Dios.
El “negocio”, como dije anoche, sigue abierto, no para aprovecharse de un beneficio, sino para encontrarse con una verdad que sana, orienta y da esperanza. Y ojalá —de corazón— que todos, a su tiempo, puedan descubrirlo.
 
Por Marcelo Laffitte

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