Y después de anunciarle que la perdería, Dios le dio una orden desconcertante: “He aquí que yo te quito de golpe el deleite de tus ojos; no endeches, ni llores, ni corran tus lágrimas.” Ezequiel 24:1. Esto es fuerte: No debía realizar públicamente las expresiones acostumbradas de duelo. Ezequiel debía suspirar en silencio, conservar su turbante, ponerse sus sandalias y no participar en los ritos públicos que normalmente acompañaban la muerte de un ser amado.
“Hablé al pueblo por la mañana, y a la tarde murió mi mujer; y a la mañana hice como me fue mandado.” Ezequiel 24:18 ¡Qué frase tan corta para describir un dolor tan grande! “A la tarde murió mi mujer”.
La Biblia no nos dice un largo discurso de Ezequiel, pero eso no significa que no le doliera su pérdida. No significa que no amara a su esposa. Dios mismo la había llamado “el deleite de sus ojos”. Entonces, ¿por qué no debía guardar luto ante la gente? Porque la vida misma del profeta se convertiría en una señal para Israel.
Así como Ezequiel perdería repentinamente el deleite de sus ojos, Jerusalén perdería el templo: el lugar que el pueblo amaba, admiraba y consideraba intocable. Sus hijos e hijas también caerían, pero la calamidad sería tan devastadora que no podrían guardar el duelo de la manera acostumbrada.“He aquí yo profano mi santuario, la gloria de vuestro poderío, el deleite de vuestros ojos y el amor de vuestra alma”. Ezequiel 24:21
Ezequiel no estaba enseñando con un sermón. Esta vez estaba predicando con su propia herida.
Su silencio no significa que no le doliera. Era una señal profética de lo que estaba a punto de sucederle a una nación que había convertido el templo en una falsa garantía de seguridad, mientras vivía lejos de Dios. Ellos amaban el edificio, pero habían dejado de honrar al Dios que habitaba en él.
Este pasaje no enseña que llorar sea pecado. La Biblia muestra a Abraham llorando por Sara, a Job expresando su dolor y al mismo Jesús llorando ante la tumba de Lázaro.
Tampoco esto debe utilizarse para decirle a una persona quebrantada: “No llores, tienes que ser fuerte”. La fe no nos convierte en personas insensibles. Hay lágrimas que también son una forma de oración.
La enseñanza es mucho más poderosa:
Hay momentos en los que un siervo debe seguir obedeciendo mientras su corazón está roto. Hay personas que ministran, predican, sirven y sostienen a otros mientras atraviesan batallas que nadie conoce. Algunos ven al predicador de pie, pero no conocen la pérdida que lleva por dentro. Escuchan el mensaje, pero no saben cuánto le costó permanecer obediente para compartirlo. Tampoco, este relato tampoco debe usarse para romantizar el sufrimiento ministerial. Un siervo sigue siendo humano, necesita llorar, descansar, recibir cuidado y atravesar correctamente su duelo. Ezequiel cumplió una señal específica que Dios le pidió en un momento particular. No es una orden general para que los ministros escondan sus heridas y finjan que nunca les duele nada.
Anota esto:
No siempre el silencio de una persona significa que no está sufriendo. A veces está intentando mantenerse en pie mientras por dentro enfrenta la pérdida del deleite de sus ojos.
Por eso, antes de exigirle más a quien siempre sostiene a los demás, pregúntale alguna vez:
“¿Quién te está sosteniendo a ti?”
Luis Fernando Giraldo G.


