Hay un tipo de amor que es peligroso

He visto, en más de una ocasión, a pastores y líderes que aman tanto a sus congregaciones que serían incapaces de decirles lo que alguna vez un pastor de Buenos Aires se animó a declarar públicamente ante su iglesia. Con gran sinceridad les planteó textualmente: “Vengo advirtiendo en la mayoría de ustedes una espiritualidad promedio que no ha logrado superar la escala de valores del mundo, y que por lo tanto siguen sosteniendo criterios seculares en cuanto al éxito, la realización personal, el poder y la prosperidad”.

 

Sus palabras fueron fuertes, pero necesarias. Inmediatamente planteó el desafío de crecer y restaurar los valores del Reino para poder cumplir con el propósito eterno de Dios.

Y allí está la diferencia: algunos aman tanto a su gente que se vuelven complacientes, temiendo herir sensibilidades; otros aman de tal manera que se atreven a hablar con verdad, aunque incomode. Un padre o una madre que por amor no se anima a confrontar y exhortar a su hijo porque ha equivocado el camino, termina hundiéndolo.

Son pocos los líderes o pastores que se atreven a semejante sinceridad. La mayoría prefiere el camino fácil: los elogios, las frases de aliento, las promesas de bienestar.

Pero ¿qué ocurre cuando la enfermedad espiritual avanza y no hay un diagnóstico claro? En medicina, la omisión de la verdad puede costar la vida. En la iglesia, el silencio ante la decadencia espiritual puede costar la eternidad.

El profeta Isaías denunció a los líderes de su tiempo diciendo: “Sus atalayas son ciegos, todos ellos ignorantes; todos ellos perros mudos, no pueden ladrar” (Isaías 56:10). Callaban donde debían advertir. Y ese mismo peligro ronda hoy en algunas de nuestras congregaciones: convertirnos en guardianes que no vigilan, en pastores que no alertan.

Es más fácil dejar que el pueblo crea que todo está bien, aunque se vea un desierto espiritual que se manifiesta en estas flaquezas:   Ausencia de compromiso, falta de oración, indiferencia ante la Palabra, corazones más volcados al consumismo que al servicio. Pero la Palabra nos recuerda: “Más bien, al vivir la verdad con amor, creceremos en todo sentido en aquel que es la cabeza, es decir, Cristo” (Efesios 4:15).

Hay líderes que callan para no incomodar a los miembros cuando el camino eficaz es hablar con claridad para salvar a esos miembros. Jesús dijo: “Conocerán la verdad, y la verdad los hará libres”. Amar sin verdad es peligroso, porque entretiene mientras el alma se marchita. 

La iglesia necesita pastores y líderes que, con valentía y ternura, diagnostiquen la realidad y nos conduzcan al arrepentimiento y al crecimiento. El amor auténtico es el que alerta y despierta. No acaricia los oídos, sino que transforma vidas. Porque solo la verdad, dicha en amor, puede sanar y dar vida.

Por Marcelo Laffitte

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