"Yo soy así" dices, pero Dios nos habla de ser transformados

Hay una frase que he escuchado cientos de veces dentro y fuera de la iglesia: "Yo soy así... al que le guste, bien; y al que no también." Generalmente se pronuncia con orgullo, como si fuera una virtud. Pero, pensándolo bien, muchas veces es una forma elegante de decir: "No pienso cambiar. Los demás tendrán que aceptarme como soy."

 

Hace algunas semanas comenzamos a realizar por Internet las reuniones de Koinonía. No son estudios bíblicos ni espacios para debatir doctrina. Son, simplemente, encuentros para fomentar la amistad entre hermanos. Conversamos, nos conocemos, nos reímos, compartimos recuerdos, hablamos de nuestras familias y de esas cosas sencillas que casi nunca tienen lugar al terminar un culto.
 
Y fue precisamente allí, en una reunión de Koinonía, donde descubrí algo que me conmovió. Varios hermanos, provenientes de distintas iglesias, coincidieron en una misma sensación: "¡Qué lindo es poder conversar así!" Algunos llevaban años congregándose y, sin embargo, casi no habían tenido oportunidades de conocer de verdad a otros creyentes.
 
¿Cómo puede ser que una iglesia esté llena de hermanos y, al mismo tiempo, haya tanta gente que se sienta sola? ¿Cómo es posible que nos llamemos familia y, sin embargo, nos conformemos con un saludo apresurado —cuando lo hay— antes de volver cada uno a su casa?
 
Quizá el problema sea que los cristianos tenemos una gran facilidad para llamarnos hermanos, pero una gran dificultad para hacernos amigos. Y, sin embargo, la amistad sincera también es una forma de expresar el amor de Cristo. Quizá una parte de la respuesta esté escondida en esa frase tan repetida: "Yo soy así."
 
 
Mientras escribo estas líneas, se me ocurren varias frases que describen una realidad que ojalá dejara de ser cierta. Me gustaría que algún día pudiéramos decir exactamente lo contrario:
"En muchas iglesias abundan los hermanos, pero escasean los amigos."
"Compartimos la misma fe, pero no siempre compartimos la vida."
"Nos une Cristo, pero muchas veces no nos conocemos lo suficiente como para llamarnos amigos."
"Nos resulta fácil sentirnos hermanos; lo difícil es llegar a ser amigos."
 
 
Con los años descubrí que hay defectos que dejamos de llamar defectos y los convertimos en rasgos de personalidad. "Soy frontal", "soy calentón", "soy de pocas pulgas", "soy seco", "no me gusta andar saludando"... En realidad, muchas veces no estamos describiendo nuestro carácter; estamos justificando aquello que Dios quiere transformar. Sin embargo, el Evangelio nunca nos invita a permanecer iguales.
 
La Biblia nos habla de ser transformados, de despojarnos del viejo hombre y de revestirnos del nuevo. La obra del Espíritu Santo no consiste solamente en prepararnos para el cielo, sino también en hacernos más amables, más humildes, más pacientes, más cercanos y más parecidos a Cristo. Quizá el milagro más grande no sea sanar un cuerpo enfermo, sino transformar un carácter difícil.
 
No escribo estas líneas para señalar a nadie. También yo tengo aspectos de mi carácter que el Señor sigue trabajando. Pero sí creo que deberíamos preguntarnos si nuestra fe se nota únicamente cuando cantamos y oramos, o también cuando saludamos, escuchamos, sonreímos, invitamos a un café o nos interesamos sinceramente por quien está sentado solo en un banco de la iglesia.
 
Dios nos recibe tal como somos, pero nos ama demasiado como para dejarnos igual.
La próxima vez que estemos por decir: "Yo soy así", tal vez convenga hacernos una pregunta mucho más importante:
¿Y si precisamente eso es lo que el Espíritu Santo quiere cambiar en mí?
 
Por Marcelo Laffitte

Suscríbete a nuestro boletín de novedades

Te vamos a comunicar lo más destacado.
Solo una vez por semana te enviaremos notas seleccionadas de nuestra web.