Alaba con locura, alaba a Dios

Cuando en una congregación alguien dice "vamos a alabar", todos sabemos exactamente qué hacer. Nos ponemos de pie. Acomodamos nuestra ropa. Cerramos los ojos, levantamos las manos a una altura respetable y cantamos con la mejor voz que tenemos. Nuestra cultura nos ha enseñado que la alabanza es un ejercicio de decencia.
Creemos que para acercarnos al Rey tenemos que mantener la compostura, cuidar las formas y vernos "santos".
Pero cuando leemos las Escrituras en el idioma de David, descubrimos que el cielo no está buscando coros perfectamente afinados.
Está buscando gente dispuesta a perder la cabeza.
הָלַל
Halal – Alabar
EL CÓDIGO DE LA LOCURA
En el hebreo antiguo, la palabra más importante para describir la alabanza es Halal.
De hecho, de esta palabra se deriva la expresión más famosa del mundo: "Aleluya" (Halal-Yah, que significa "Alaben a Adonay").
Pero el significado original de Halal te va a incomodar si eres una persona religiosa.
No significa entonar una melodía agradable.
Significa:
Brillar.
Jactarse.
Celebrar de manera escandalosa.
Y, en su raíz más primitiva: Actuar como un loco. Perder la compostura. Hacer el ridículo.
Para la mente hebrea antigua, la verdadera alabanza (Halal) no ocurre cuando cantas bien.
Ocurre cuando estás tan fascinado por la grandeza de tu Dios, que dejas de importar lo que la gente piense de ti. Te vuelves "loco" de gratitud.
EL REY QUE PERDIÓ LA VERGÜENZA
La Biblia nos muestra el ejemplo perfecto de esto en el libro de 2 Samuel, capítulo 6.
El Rey David está trayendo el Arca del Pacto de regreso a Jerusalén.
Él era el hombre más poderoso de la nación. Era el rey. Debía guardar las apariencias frente a su ejército y su pueblo.
Pero cuando el Arca avanza, David no camina con paso militar.
El texto dice que David iba "saltando y danzando con toda su fuerza delante de Adonay".
Estaba sudando. Estaba gritando. Estaba haciendo Halal.
Y aquí viene el choque cultural: su esposa Mical lo ve desde la ventana y lo desprecia en su corazón.
Cuando David llega a casa, ella le reclama con ironía: "¡Qué honrado ha quedado hoy el rey de Israel, descubriéndose delante de las criadas... como un juglar cualquiera!"
Mical era la voz de la religión. La voz del "qué dirán". La voz de las apariencias.
Pero la respuesta de David es una bofetada al orgullo humano:
"Danzaré delante de Adonay. Y aun me haré más vil que esta vez, y seré bajo a mis propios ojos..." (2 Samuel 6:21-22).
David le estaba diciendo: "Si crees que esto fue ridículo, prepárate, porque por mi Creador estoy dispuesto a verme mucho peor".
YESHÚA Y LAS PIEDRAS QUE GRITAN
Siglos después, Yeshúa entra a Jerusalén montado en un burrito.
La multitud enloquece. Tiran sus ropas al piso, cortan ramas, saltan y gritan.
Están haciendo Halal.
Y de nuevo, aparece la religión. Los fariseos, incómodos por el ruido y la falta de "decencia", le dicen a Yeshúa: "Maestro, reprende a tus discípulos. Diles que se callen".
Pero Yeshúa, el Rey del universo, protege la locura de los que lo adoran y responde:
"Os digo que si estos callaran, las piedras clamarían" (Lucas 19:40).
EL ERROR DE CUIDAR TU IMAGEN
Hoy en día, muchas congregaciones parecen museos de estatuas.
La gente no canta fuerte por miedo a desafinar.
No levantan las manos por miedo a que el de al lado los mire raro.
Estamos tan enamorados de nuestra propia imagen que somos incapaces de hacer el ridículo por Aquel que se dejó crucificar desnudo por nosotros.
Creemos que nuestra dignidad es más importante que Su gloria.
Pero el orgullo y la verdadera alabanza no pueden coexistir en la misma habitación.
Si no estás dispuesto a perder tu compostura, todavía no has hecho Halal.
ROMPIENDO EL PROTOCOLO
Quizás hoy estás enfrentando una batalla que parece imposible.
Has orado en silencio, has llorado a solas, y nada cambia.
Hoy el cielo te está desafiando a romper tu protocolo.
La alabanza no es un tranquilizante para que te sientas mejor; es un arma de guerra que aterra al infierno, precisamente porque no tiene lógica.
Deja de cuidar tu imagen.
Deja de preocuparte por el "qué dirán" de los que te miran desde la ventana.
La próxima vez que estés a solas en tu cuarto, o la próxima vez que estés en tu congregación... atrévete a ser extravagante.
Levanta la voz. Llora. Salta si es necesario.
Porque cuando el infierno ve a un creyente que no le importa verse "loco" para celebrar la grandeza de su Rey, sabe que ha perdido la batalla.
 
 

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