No esperes lealtad, de quienes no la tienen

No podemos controlar la lealtad de los demás, porque cada persona actúa según lo que ha permitido que crezca en su corazón. Por más amor, respeto y consideración que ofrezcamos, no siempre recibiremos lo mismo a cambio. A veces sembramos honra y cosechamos desprecio; brindamos apoyo y encontramos indiferencia; valoramos profundamente a alguien y descubrimos que no ocupamos el mismo lugar en sus prioridades.

 

La realidad es que cada persona responde desde lo que guarda en su interior. La lealtad no puede exigirse, comprarse ni suplicarse. Es una virtud que nace de un corazón agradecido, íntegro y sincero. Surge de quien reconoce el valor de una relación y decide cuidarla aun cuando hacerlo implique sacrificio.
 
Con frecuencia, las mayores decepciones provienen de las personas que más amamos. Sin embargo, cada decepción trae consigo una enseñanza valiosa. Nos ayuda a discernir mejor, a madurar emocionalmente y a comprender que no todos los que comienzan un camino con nosotros están destinados a recorrerlo hasta el final.
 
La verdadera paz llega cuando aceptamos esta realidad. No todos permanecerán a nuestro lado para siempre, y eso no debe robarnos la alegría ni endurecer nuestro corazón. Por dolorosas que sean algunas experiencias, no permitamos que la amargura, el resentimiento o la desilusión echen raíces en nuestra alma.
 
La vida sigue siendo un regalo maravilloso que merece ser vivido con gratitud. Agradezcamos a Dios por quienes han permanecido fieles en los días buenos y en los momentos difíciles; por aquellos que estuvieron presentes sin esperar nada a cambio y cuya lealtad se convirtió en un refugio en medio de las pruebas.
 
Aunque la vida no siempre parezca justa, Dios sigue siendo justo. Su Palabra nos recuerda que cada persona cosecha lo que siembra. Ningún acto de amor, generosidad, servicio o fidelidad pasa desapercibido delante de Él. A su tiempo, Dios honra a quienes han sembrado con integridad y bondad.
 
Por eso, no permitas que las heridas causadas por otros te roben el privilegio de amar, confiar y hacer el bien. Que las decepciones te hagan más sabio, pero nunca más frío. Conserva un corazón noble, porque la capacidad de amar sigue siendo uno de los regalos más valiosos que Dios nos ha dado.
 
Pastor Sixto Porras

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