Jesús, el cordero que se dejó sacrificar para darnos vida

La Biblia representa a Jesús como el Cordero porque el cordero era símbolo de inocencia, pureza y sacrificio. En el Antiguo Testamento, el cordero era ofrecido para expiar el pecado.

 

En Éxodo 12, la sangre del cordero en los dinteles de las puertas hizo que la muerte pasara de largo. No era el poder del pueblo lo que los salvaba… era la sangre del cordero.
Siglos después, cuando Juan el Bautista vio a Jesús, declaró: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.” (Juan 1:29)

Jesús no vino como un león para destruir Roma. Vino como un Cordero para cargar nuestro pecado.
El cordero no se defiende. No pelea. No huye.
Isaías 53 dice:
“Como cordero fue llevado al matadero, y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció.”


Eso es amor.
No fue debilidad. Fue entrega voluntaria.
El Cordero representa que nuestra salvación no se basa en nuestra fuerza, sino en Su sacrificio. Él tomó nuestro lugar. La cruz no fue un accidente, fue un altar.
Y lo más poderoso es esto:
El Cordero que fue inmolado… es el mismo que Apocalipsis muestra reinando en gloria.
El sacrificio no fue el final.

El Cordero vive.
Por eso cuando hablamos del Cordero, hablamos de un amor que se dejó herir para sanarnos, que se dejó sacrificar para darnos vida.
No seguimos a un Salvador distante.
Seguimos al Cordero que llevó nuestras culpas y aún hoy intercede por nosotros.

Pastor Abraham González

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