La esperanza cristiana no es un simple deseo de que las cosas mejoren, sino la certeza de que Dios cumplirá su palabra, aun cuando todo parezca contrario. Es la confianza firme en que su poder es mayor que cualquier adversidad, y que su amor nunca se apaga, incluso en medio del sufrimiento.
Cuando el creyente pasa por momentos de angustia, la resurrección le recuerda que el mismo poder que levantó a Jesús de entre los muertos sigue obrando hoy. Nada está demasiado roto para Dios, ninguna situación es demasiado tarde para Él. Lo que hoy parece pérdida puede convertirse en puerta de crecimiento y restauración.
Esta esperanza viva cambia nuestra manera de ver el dolor. Ya no lo interpretamos como castigo, sino como oportunidad para ver a Dios obrar. Es la esperanza que nos levanta cuando caemos, que nos impulsa a seguir cuando todo desanima, y que nos recuerda que cada proceso tiene un propósito eterno.
Por eso, el hijo de Dios no se rinde ante la dificultad: se aferra a las promesas. La fe lo mantiene de pie, pero la esperanza le da dirección. La esperanza no niega las lágrimas, pero las transforma en semilla de una victoria futura.
"Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su gran misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva por la resurrección de Jesucristo de los muertos" 1 Pedro 1.3
Cada amanecer es una evidencia silenciosa de que Dios sigue obrando. Y así como la tumba no pudo retener al Salvador, nada podrá retener el propósito de Dios en la vida de quien confía en Él.


