Durante años nos han enseñado que una persona sabia es aquella que ha leído cientos de libros, maneja conceptos abstractos complejos, tiene títulos académicos colgados en la pared o filosofa en una biblioteca sobre los misterios de la existencia. En Occidente, bajo la profunda herencia de la Grecia clásica (la sophia de Platón y Aristóteles), la sabiduría se concibe como un ejercicio mental e intelectual: contemplar ideas teóricas puras desvinculadas de la materia sucia.