Dios formó tus entrañas; te hizo en el vientre de mi madre

Hay un salmo que se atreve a describir algo que ningún ojo humano, en la época en que fue escrito, podía haber visto jamás. El interior de un vientre materno, y lo que ocurre allí antes de que exista siquiera una persona reconocible.

 

El Salmo 139 comienza con una afirmación que ya, por sí sola, resulta desconcertante en su intimidad: "Jehová, tú me has examinado y conocido. Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; has entendido desde lejos mis pensamientos." No es un Dios distante el que describe este poema.
 
Es un Dios que, según el propio texto, conoce cada palabra "antes de que esté en mi lengua", que rodea al salmista "detrás y delante", cuya presencia resulta, según confiesa el propio autor, "más alta que mi capacidad, no la puedo comprender".
El salmo continúa con una serie de preguntas retóricas sobre la imposibilidad de escapar de esa presencia: ni subiendo a los cielos, ni descendiendo al Seol, ni tomando "las alas del alba" para llegar hasta el extremo más lejano del mar. En cada lugar imaginable, afirma el poema, esa presencia sigue ahí, guiando, sosteniendo.
 
 
Y entonces, hacia la mitad del salmo, llega el pasaje que ha hecho que este texto sea citado, durante siglos, en contextos que van mucho más allá de la simple devoción religiosa.
"Porque tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre."
El verbo hebreo que se traduce habitualmente como "formaste" es "qanah", pero el verso siguiente utiliza una imagen todavía más concreta y, para su época, sorprendentemente técnica.
"Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien. No fue encubierto de ti mi cuerpo, bien que en oculto fui formado, y entretejido en lo más profundo de la tierra."
Esa palabra, "entretejido" —en hebreo, "raqam"—, es la misma raíz que se usa en otros pasajes del Antiguo Testamento para describir el trabajo de un bordador o de un tejedor experto, alguien que entrelaza hilos de distintos colores con paciencia y precisión hasta formar un diseño complejo. El salmista está describiendo, en el lenguaje disponible para alguien de su época, un proceso de formación gradual y deliberado del cuerpo humano dentro del útero, comparándolo con el trabajo minucioso de un artesano textil.
 
No tenía manera de saber nada sobre embriología. No existía ningún concepto, en la Mesopotamia ni en el Israel antiguo, de tejidos, capas celulares o desarrollo progresivo de órganos tal como la ciencia moderna los describe.
Y sin embargo, la imagen elegida —algo que se entrelaza capa por capa, en un proceso oculto que ocurre lejos de cualquier ojo observador, "en lo más profundo", según una expresión que algunos traductores relacionan con la oscuridad del vientre materno tanto como con la tierra misma— resulta notablemente cercana, en su estructura conceptual, a lo que la biología moderna describiría siglos después sobre el desarrollo progresivo y estratificado del embrión humano.
 
 
El verso que sigue añade otra capa a esta reflexión.
"Mis huesos no te fueron encubiertos, cuando en secreto era yo formado, y entretejido en las profundidades de la tierra. Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas."
La palabra que se traduce como "embrión" —"golem" en hebreo, la misma raíz que siglos más tarde daría nombre a la criatura de la leyenda judía medieval, una figura formada de materia inerte antes de recibir vida— aparece aquí en su único uso con este sentido específico en todo el Antiguo Testamento: una masa aún sin forma completa, observada, según el poema, incluso antes de que existiera como persona reconocible.
Este es, probablemente, el pasaje bíblico que con más frecuencia se cita en debates contemporáneos sobre el inicio de la vida humana, precisamente porque describe una mirada divina puesta sobre el ser humano en una etapa de desarrollo anterior a cualquier forma reconocible.
 
Conviene señalar, sin embargo, que el género literario del salmo es poesía devocional, no un tratado médico ni una declaración doctrinal formal sobre el estatus biológico o legal del embrión, y que la tradición judía y cristiana han debatido, a lo largo de los siglos, distintas maneras de interpretar su alcance exacto.
Lo que el salmo sí ofrece, más allá de cualquier debate contemporáneo, es una afirmación poética de un tipo de conocimiento íntimo que ningún otro texto religioso del mundo antiguo parece haber expresado con tanta precisión descriptiva: la idea de que existe una mirada que observa el proceso de formación humana desde su origen más oculto, antes incluso de que ese proceso produzca algo visible para cualquier otro ojo.
 
El salmo termina, tras este pasaje central, con una petición final que muchos lectores encuentran inesperada tras tanta intimidad y ternura descrita antes.
"Escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno."
El mismo Dios que ha sido descrito tejiendo pacientemente cada fibra del cuerpo humano en la oscuridad del vientre es invitado, en la última línea del poema, a examinar con la misma atención minuciosa el interior del corazón ya formado.
 
Como si el proceso descrito al principio del salmo —esa formación oculta, detallada, hilo por hilo— nunca hubiera terminado del todo, y continuara, de manera menos visible pero igualmente atenta, durante toda la vida de quien fue, alguna vez, tejido en secreto antes de que nadie más pudiera verlo.
Fuentes: Robert Alter, "The Book of Psalms: A Translation with Commentary" (W. W. Norton, 2007), análisis filológico del hebreo "raqam" y "golem"; Marvin Tate, "Psalms 51–100" y comentarios complementarios sobre Salmos 101–150 (Word Biblical Commentary), discusión sobre el vocabulario embriológico del Salmo 139.
 
Publicación de El Sello Prohibido

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