Imagina la escena: en el cielo hay un telar monumental hecho de oro puro. Delante del telar, el Padre, con sus manos gigantes moviéndose con precisión divina y en sus manos miles de hilos brillantes de colores distintos.
Cada hilo tiene un significado:
Un hilo dorado es tu risa.
Un hilo rojo es la sangre que te sostiene.
Un hilo plateado es tu inteligencia.
Un hilo azul es tu sensibilidad.
Un hilo verde es tu capacidad de amar.
Y hay hilos oscuros también, hilos grises. Esos son las heridas que ibas a soportar, los dolores que ibas a atravesar. Y el Padre los teje también, no por crueldad, sino porque sin esos hilos oscuros la obra no tendría profundidad.
Y aquí está lo que casi nadie te ha dicho: antes de que tu madre supiera que existías, el Padre ya llevaba meses tejiéndote. Antes de que un ecógrafo detectara tu latido, el Padre ya había decidido el color exacto de tus ojos. Antes de que alguien te diera un nombre en la Tierra, el Padre ya te había nombrado en el cielo.
Y cuando terminó de tejer, el Padre no sopló un producto en cadena, sopló una obra maestra irrepetible.
Salmo 139 versículo 14 lo cierra: "Formidables, maravillosas son tus obras." Tú eres una de esas obras, no un error, no una copia, no un accidente.


