Los creyentes solemos decir cosas muy curiosas. Tan curiosas que, si las analizáramos con detenimiento, descubriríamos que muchas veces están en la vereda de enfrente de lo que afirmamos creer.
Por ejemplo, cantamos con entusiasmo: "Ven, ven, ven, Espíritu divino", mientras sostenemos con absoluta convicción que el Espíritu Santo habita en cada creyente.
Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Vino o no vino? ¿Habita en nosotros o todavía lo estamos esperando?
Algo parecido ocurre cuando alguien comenta: "Hoy sentí mucho la presencia de Dios". La expresión es hermosa, pero deja flotando una pregunta inevitable: ¿Y ayer dónde estaba? ¿Y la semana pasada? ¿Se había tomado vacaciones?
La Biblia enseña que el Espíritu Santo no entra y sale de nuestras vidas como un visitante ocasional. Nos dice que somos templo de Dios y que Su Espíritu mora en nosotros. Sin embargo, muchas veces hablamos como si Dios estuviera lejos, observándonos desde algún rincón remoto del universo y apareciendo solamente en algunos cultos especialmente inspirados.
Cuando oramos por la comida o antes de comenzar una reunión le rogamos: “¡Quédate con nosotros!”. ¿Tenemos miedo de que se vaya? ¿Alguna vez nos dejó solos?
El amado pastor Juan Carlos Ortiz era, cuando vivía en Buenos Aires, un apasionado hincha de Boca Juniors. Algunos hermanos lo cuestionaban amistosamente.
Un poco en broma y otro poco en serio le decían: “¿Otra vez a la cancha?” “Eso es muy mundano para un pastor”. “¿No tendrás una adicción con el fútbol?”
Un día respondió algo que nunca olvidé porque me pareció genial: “No falto a los partidos porque al Señor le encanta este deporte. Si no fuera así, ¿creen que iría conmigo cada vez que voy?”
Más allá del humor de la frase, escondía una verdad profunda. El pastor Ortiz vivía con la conciencia de que Cristo no era alguien que lo esperaba en la iglesia el domingo. Era Alguien que caminaba con él todos los días.
Tal vez allí esté una de nuestras mayores contradicciones. Decimos creer que Dios vive dentro de nosotros, pero muchas veces hablamos como si estuviera lejos. Decimos que Cristo resucitó, pero en ocasiones nos relacionamos con Él como si fuera solamente un personaje histórico que vivió hace dos mil años.
Decimos que somos morada del Espíritu Santo, pero seguimos buscándolo como quien busca algo perdido.
Quizás por eso algunos creyentes viven una fe agotadora. Pasan la vida intentando atraer a un Dios que ya está presente, buscando una compañía que ya poseen y rogando por una cercanía que ya les fue concedida.
La gran noticia del Evangelio no es solamente que Jesús murió por nosotros. La gran noticia es que resucitó y vive. Y no vive solamente en el cielo: vive en cada hijo de Dios por medio de Su Espíritu.
El Espíritu Santo sigue acompañándonos cuando trabajamos, cuando viajamos, cuando descansamos, cuando disfrutamos de un partido de fútbol, cuando atravesamos una prueba y también cuando nos reunimos para adorar. O sea: siempre.
Cada jornada ofrece cientos de oportunidades para recordar esa realidad. Cada conversación, cada decisión y cada desafío pueden ser vividos junto a Él.
Tal vez allí se encuentre el secreto de una fe vibrante: aprender a transitar la vida con la certeza de que Dios no es un visitante ocasional, sino un compañero permanente de camino. Incluso en el estadio de Boca.