Cuando descubrí que el Espíritu Santo es una persona… mi vida dejó de ser religión y se convirtió en relación. Yo crecí escuchando del Espíritu Santo como “algo”, como una fuerza, como una emoción que se sentía en ciertos momentos de la iglesia. Pensaba que era solo esa sensación que te eriza la piel cuando cantas o lloras en el altar. Pero no lo conocía… no hablaba con Él… no le consultaba nada.