El trigo se dobla por su fruto...

Existe una planta llamada Lolium temulentum (lo que la Biblia llama cizaña). Durante meses, se ve idéntica al trigo. Crece en la misma tierra, bebe la misma lluvia y recibe el mismo sol. Es casi imposible diferenciarlas a simple vista durante la etapa verde.
​Pero hay un momento decisivo: la madurez.
 
​Cuando el trigo verdadero se llena de fruto, sucede algo físico inevitable: el peso del grano es tal que la espiga se inclina hacia la tierra. Se "humilla" no por debilidad, sino por abundancia.
​En cambio, la cizaña permanece perfectamente erguida. ¿La razón? Su cabeza es ligera. Está vacía o llena de semillas negras y tóxicas que no pesan. Su "orgullo" visual es, en realidad, la evidencia de su falta de fruto.
 
​Desde una perspectiva bíblica, esto nos enseña algo fascinante sobre la autenticidad:
​La apariencia engaña: En la antigua Israel, un agricultor no se atrevía a juzgar antes de tiempo. (Mateo 13:29).
​El fruto define la postura: La verdadera sabiduría suele venir acompañada de una reverencia natural, no de una altivez forzada.
​La paciencia divina: La historia bíblica nos muestra que la separación final no nos corresponde a nosotros ahora, sino al "Dueño del campo" en su tiempo perfecto.
 
​Quizás esa persona que "se dobla" sirviendo en silencio no es débil; simplemente está cargada de algo que vale la pena. Y a veces, aquello que se levanta con arrogancia solo está protegiendo su propio vacío.
​La madurez no grita. La madurez pesa.
"Pero el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza..."
— Gálatas 5:22-23
"Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes." — Santiago 4:6
 

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