El crecimiento de una pareja depende de lo que ambos estén dispuestos a sembrar

Daniel soñaba con un hogar estable, y Valeria anhelaba un matrimonio que honrara a Dios. Ambos tenían amor… pero entendieron que el amor, por sí solo, no sostiene una relación si no se cultiva todos los días.

 

Daniel aprendió que no bastaba con proveer; debía escuchar. Valeria entendió que no bastaba con amar; debía respetar. 
Cuando él fallaba, ella no lo humillaba; lo ayudaba a levantarse.
Cuando ella se sentía débil, él no la ignoraba; la cubría con paciencia. No era una competencia de quién hacía más. Era un compromiso diario de quién podía servir mejor.
 
Había días de risas y planes, pero también días de tensión y silencio. En los desacuerdos, eligieron diálogo antes que orgullo.
En las decisiones importantes, oración antes que impulsividad.
 
Ambos comprendieron algo poderoso:
Un matrimonio no se fortalece cuando uno empuja y el otro descansa; se fortalece cuando los dos reman en la misma dirección.
Él decidió ser líder con amor, no con imposición.
Ella decidió apoyar con sabiduría, no con control.
 
“Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo…” (Eclesiastés 4:9) Porque cuando el hombre ama como Cristo y la mujer edifica con gracia, no hay carga que no puedan llevar juntos.
 
El crecimiento no depende solo de la fuerza de él, ni únicamente de la sensibilidad de ella. Depende del compromiso mutuo, del perdón constante y de la decisión diaria de caminar hacia Dios… de la mano.  Y cuando ambos entienden que el propósito es más grande que el ego, no solo construyen una casa, construyen un legado.
 
Fuente: Generación Escogida

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