Y allí, cuando nadie mira, cuando nadie celebra ni critica, se deciden las batallas más importantes de la existencia. En un tiempo donde importa más lo que parecemos que lo que realmente somos, Jesús nos llama a volver al secreto, al cuarto interior, al santuario silencioso donde se forma el carácter, donde se purifica el corazón y donde se define la calidad de nuestra espiritualidad.
Como seres humanos vulnerables, con frecuencia enfrentamos luchas de conciencia. Surge la pregunta: ¿Hago esto o no lo hago? ¿Quién se dará cuenta? La gran guerra nunca ocurre afuera, sino dentro de nosotros.
Luis Palau —con quien tuve el privilegio de trabajar algunos años— tenía en su oficina un pequeño cuadro cuya frase todavía me acompaña: “La vida en secreto es el secreto de la prosperidad espiritual”. Es una verdad profunda. Todos llevamos una vida privada que nadie conoce, solo Dios y nosotros. Y lo que decidimos en ese espacio invisible determina nuestro nivel de compromiso, nuestra integridad y nuestra madurez.

Jesús lo expresó con claridad: “Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará en público” (Mateo 6:6). En otras palabras, nuestra vida privada determina nuestra vida pública.
Los valores que cultivamos en ese lugar sin espectadores son la llave de nuestra prosperidad espiritual o de nuestra decadencia.
Un hermano en la fe, un hombre muy elegante, me contó que fue a cortarse el cabello y la joven estilista lo invitó a salir. Él respondió con firmeza: “Nunca he engañado a mi esposa”. Sin embargo, ella insistió y él sintió una fuerte batalla interna. Finalmente eligió el camino correcto y tomó una decisión adicional: no volver más a ese lugar. La tentación suele comenzar en silencio, con ese susurro que dice: “Nadie lo sabrá”. Pero allí también susurra el Espíritu Santo: “Sean santos, porque yo soy santo” (1 Pedro 1:16).
Otro caso: una familia creyente compró una casa antigua a un matrimonio muy anciano. En un escondite de la vivienda encontraron un frasco metálico lleno de miles de dólares. La conciencia habló: “Sabes que este dinero no les pertenece”. La carne respondió: “Ahora la casa es tuya, esto ya te corresponde”. Otra vez, el combate privado. La Escritura enseña: “El justo actúa con integridad” (Proverbios 20:7) y “Mejor es el pobre que camina en integridad que el de labios perversos” (Proverbios 19:1). Las decisiones del secreto no quedan allí: abren puertas a la bendición o invitan a la ruina.
Cada situación así nos dejará frente a dos caminos: el que agrada a Dios, que a veces duele y exige renuncia, y el que satisface los deseos de la carne, más fácil e inmediato. Mientras el mundo proclama “Si algo te produce placer, hazlo”, la Palabra responde: “El que siembra para la carne, de la carne cosechará corrupción; pero el que siembra para el Espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna” (Gálatas 6:8).

Como estudiantes fuimos tentados a hacer trampas; como comerciantes, a llamar bueno lo que es malo; como esposos, a justificar aventuras; incluso en el ministerio, a exagerar logros para aparentar éxito. Allí, en lo oculto, se demuestra quiénes somos realmente.
Al final, la pregunta que define nuestro rumbo es esta: ¿Tomaremos decisiones enfocadas en los resultados inmediatos o en las consecuencias eternas? El pecado promete placer, pero termina cobrando un precio muy alto. La obediencia a Dios duele al principio, pero trae paz, honra, libertad y bendición. Proverbios 4:23 lo resume así: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón, porque de él mana la vida”. Lo que cuidemos allí, en el silencio interior, es lo que después se verá.
No somos lo que mostramos en público ni lo que aparentamos en los lugares donde todos nos observan. Somos lo que Dios ve cuando nadie nos ve.
Y allí, en ese cuarto silencioso donde solo están Dios y nuestro corazón, se construye o se destruye nuestro futuro espiritual.
La vida cristiana no depende de nuestra visibilidad, sino de nuestra invisibilidad.
La vida en secreto es el lugar donde Dios nos prueba, nos pule y nos fortalece. Y allí, en ese santuario oculto donde no hay aplausos humanos, se gana o se pierde todo.
Por Marcelo Laffitte


