Muchas personas creen que cuando aceptan a Cristo y pasan por las aguas del bautismo se vuelven santos de inmediato. Sería hermoso que así fuera… pero la realidad es un poco distinta. El cambio verdadero llevará tiempo.
No conozco transformaciones profundas que ocurran de un día para el otro. La vida cristiana es más bien un camino, un proceso que se va desarrollando paso a paso.
Así que, mis queridos amigos del Face, tendremos que seguir luchando día a día con nuestras debilidades. Con el mal carácter que todavía aparece cuando menos lo esperamos. Con hábitos que nos cuesta dejar atrás. Con pensamientos que a veces no quisiéramos tener. Con esas pequeñas y grandes batallas interiores que forman parte de la vida.
Y aunque por momentos nos invada la frustración y sintamos que no avanzamos como quisiéramos, que volvemos a tropezar con la misma piedra una y otra vez, debemos recordar algo muy importante: Dios sigue trabajando en nosotros.
Somos, en cierto sentido, una obra en construcción. Un modelo que todavía no está terminado. Un cristiano en proceso.
El Señor conoce perfectamente nuestras luchas, nuestras caídas y nuestras limitaciones. Y aun así nos ama, nos acompaña y sigue moldeando nuestra vida.
Porque la obra que Dios hace en nosotros no consiste en convertirnos instantáneamente en personas perfectas, sino en ir transformándonos poco a poco hasta parecernos cada día más a Cristo.
Digo esto con pruebas propias —y cada uno tendrá las suyas—. Si el Señor ya no me estuviera moldeando, yo no habría podido mantenerme fiel a Hilda desde que nos casamos. Yo no habría aprendido a pedir perdón a varias personas a las que ofendí o les fallé alguna vez, como me ha pasado. Yo no habría casi vencido al ego que durante mucho tiempo me dominaba (digo casi porque, de vez en cuando, todavía lo noto resucitar). Yo no habría postergado un descanso o momentos de ocio saludable para acompañar a algún amigo necesitado. Tampoco habría logrado dominar tantas palabras duras que antes salían de mi boca cuando me enojaba, ni habría conseguido convertirme en una persona profundamente agradecida.
Y cuando uno mira la Biblia descubre algo muy alentador: Dios siempre ha trabajado con personas en proceso.
Usó a Moisés, un hombre impulsivo que incluso llegó a matar a alguien en su juventud.
Usó a David, que tuvo grandes caídas morales, pero supo arrepentirse profundamente.
Y usó a Pedro, que en el momento más difícil negó a Jesús… y sin embargo terminó siendo una de las columnas de la iglesia.
Esto nos recuerda algo maravilloso: Dios no espera que lleguemos a ser perfectos para comenzar a usarnos.
Él toma nuestras vidas tal como están y comienza a transformarlas con paciencia, paso a paso…y mientras tanto nos va usando.
Por eso, si hoy sientes que todavía te queda mucho por cambiar, no te desanimes.
Tal vez simplemente estás exactamente donde grandes hombres y mujeres de Dios estuvieron alguna vez: en pleno proceso.